¿Soy o más bien estoy? 2


¿Y si el ser no fuera una realidad sustancial, una materia propia delimitada por el cuerpo? ¿Y si el ser fuera una ilusión producida por el hecho de habitar un espacio, un lugar? Si lo que creo que soy (conductas, afectos, pensamientos, cuerpo) fuera tan sólo el efecto de ocupar un lugar, la realidad podría tambalearse – como de hecho acontece –. Tal vez esta podría ser una idea revolucionaria. Da incluso un poco de miedo. Y si esos lugares, cuyo efecto aparente es hacerme ser, son constituidos por las palabras (el término técnico sería significantes), entonces quizá se podría empezar a comprender que toda nuestra vida está determinada por ellas.

Más allá de un planteamiento filosófico sobre el ser, a nosotros nos interesa esta idea por su estrecha relación con el sufrimiento psíquico. En verdad mucho del dolor de existir tiene que ver con una distribución de los espacios. La hipótesis de trabajo es que se sufre por habitar una determinada geometría. Por tanto, las características de esa geometría, los elementos que la fundan y que conforman los lugares, sus leyes y su lógica necesitan ser pensados. Pido por adelantado disculpas, pues antes de llegar donde quiero reflexionar, tengo que dar nociones básicas de ciertas cuestiones técnicas que pueden resultar un poco áridas, pero espero que el esfuerzo merezca la pena.

El primer – y casi el único – psicoanalista que inauguró este camino y que reflexionó profundamente sobre estas cuestiones fue Jacques Lacan. Si el cambio trascendental que sufrió la física al pasar de la idea newtoniana a la concepción de Einstein se debió, entre otras cuestiones, a la aplicación de geometrías no euclidianas, ¿por qué no seguir esta inspiración?

Lacan echó mano de la topología para poder comprender la relación del sujeto con su dolor. La topología es una rama de la matemática que se ocupa de las propiedades de los cuerpos geométricos que permanecen inalteradas por transformaciones continuas (básica definición de Wikipedia, donde se puede ver por qué se consideran equivalentes dos objetos tan dispares como una taza y una rosquilla). En topología los objetos se contraen, se estiran y se deforman para ver qué propiedades se mantienen a pesar de todas estas transformaciones. Se tienen en cuenta los espacios y la relación que los objetos mantienen con ellos. Es decir, la topología le interesó a Lacan porque era la estructura misma. Y Lacan, desde el principio de su enseñanza, lo que quería era formalizar la estructura.

Pero ¿la estructura de qué? La estructura del sujeto, del psiquismo y de los tipos clínicos que se derivan (neurosis, psicosis y perversión). O sea, Lacan quería formalizar la estructura de la clínica para así poder trabajar bien orientado en terapia.

Uno de los grandes problemas de la clínica desde siempre es dejarse cegar por los fenómenos y hacer de estos la estructura. ¿Por qué un fenómeno como las alucinaciones auditivas tendría que indicar obligatoriamente un diagnóstico de locura? El fenómeno se confunde con la estructura si no se conoce esta, si no se conoce la lógica que la conforma. Eso es lo que intentó Lacan.

Vamos a imaginarnos una casa ya construida y decorada, con sus habitaciones pintadas, amuebladas, con cuadros colgados, con los electrodomésticos ya equipados. ¿Cuál es la estructura de la casa? ¿Son los cuadros? ¿Es el color de las paredes? ¿Es la posición de los electrodomésticos? ¿Son los muebles? Obviamente, no. Uno puede pintar de nuevo las paredes, cambiar los electrodomésticos y los cuadros o renovar el mobiliario y la estructura de la casa seguiría siendo la misma. La estructura de la casa es el armazón de metal y hormigón, las tuberías de agua que lo recorren y el tendido eléctrico que se extiende sobre él. Esta estructura no es visible a simple vista, pero determina toda la casa. El armazón de la casa delimita sus espacios (que posteriormente constituirán habitaciones unas más grandes que otras), determina las salidas del agua (donde se podrán poner la ducha, el lavavajillas o la lavadora) y donde se podrán poner enchufes para conectar cualquier electrodoméstico sin importar el tipo de aparato.

Los colores de las paredes, los cuadros, los muebles o los electrodomésticos en este ejemplo serían equiparables a los fenómenos, a los síntomas que vemos en la clínica, mientras que el armazón de la casa, las salidas del agua y de la electricidad – que no se ven – serían equiparables a la estructura.

Ahora bien, en la clínica, al igual que en nuestro ejemplo de la casa, la estructura determina los fenómenos. Si no tenemos tuberías y salidas de agua en el salón, no podremos poner una ducha allí, la ducha sólo se podrá poner en habitaciones en las que la estructura haya facilitado una salida de agua. Si yo quiero colgar un cuadro en el centro de una habitación y la estructura de la casa no tiene armazón para sostener una pared allí, no podré hacerlo. La estructura de la casa determina cómo se distribuirá el espacio y, por tanto, determina a nivel general qué tipo de cosas podré colocar allí. Imagino que ya se va viendo la importancia de la geometría, del espacio y de la estructura en el psiquismo, pues lo mismo pasa con los síntomas y la estructura de las personas.

Obviamente, los fenómenos dicen algo de la estructura, los síntomas dicen algo de su causa, pero no son la causa misma. Por eso en la clínica, más que ir rápidamente a tratar el síntoma o el fenómeno, o intentar obtener rápidamente un diagnóstico (probablemente errado), habría que preguntarse por qué ese fenómeno y no otro. Habría que empezar a ver qué dice ese síntoma de la estructura de la persona. ¿Qué de la estructura, qué del espacio que delimita la estructura ha permitido la aparición de ese fenómeno? Si hay una ducha en el salón, hay que pensar que en el salón hay una toma de agua, porque si no la hay, la ducha está ahí para despistar o para decorar.

Lacan era muy consciente de eso y por ello alentaba a guiarse por la estructura, no por los fenómenos. Pero, en el fondo, ¿qué es una estructura? No es más que el conjunto de relaciones que mantienen un determinado número de lugares y de los elementos que ocupan esos lugares. Entonces, en su núcleo, la estructura es una distribución de lugares y elementos relacionados entre sí. Es decir, en su núcleo, la estructura es una cuestión de relaciones espaciales. De ahí el gran interés de Lacan en la topología y de ahí la importancia de elucidar qué tipo de geometría está en juego en el psiquismo.

Si recordáis, en el ejemplo de la casa había dicho que su estructura era el armazón de metal y hormigón junto con las tuberías de agua y el tendido eléctrico que lo recorrían. Pero en realidad, lo más básico de lo básico es el armazón de metal y hormigón, ya que sin él ni las tuberías ni los cables tendrían un soporte. Esta idea me sirve para introducir los tres registros que para Lacan conforman la estructura del psiquismo humano. Ellos son el orden simbólico, lo imaginario y lo real. No voy a entrar a explicarlos, pero los enuncio para comprender algo fundamental.

Al igual que en el ejemplo de la casa las tuberías de agua y los cables eléctricos (que forman parte de la estructura) necesitan del armazón de metal y hormigón, en la estructura del ser humano lo imaginario y lo real no existen sin el orden simbólico. El orden simbólico es lo básico de lo básico, sin él ni lo imaginario ni lo real pueden tomar apoyo. Es decir, que el orden simbólico es el corazón de la estructura del psiquismo.

El orden simbólico es el que determina los lugares que estarán relacionados en el psiquismo de la persona. El orden simbólico es el lenguaje, por tanto, es el lenguaje el que determina los lugares que va a habitar la persona, el que determina los lugares que van a ser ocupados por los elementos que van a mover a la persona en su psiquismo, en su relación con el exterior. El orden simbólico (el lenguaje) es el que va a determinar los lugares que constituirán la realidad propia de cada uno.

De hecho el calificativo de “orden” Lacan sólo se lo da al registro simbólico, es el único al que llama orden, a los otros dos los llama registro real y registro imaginario. Es decir, el único que introduce un orden, una forma de colocar las cosas, unos lugares donde las cosas se pondrán, es el lenguaje.

Entonces, el tema es empezar a pensar en qué tipo de geometría le corresponde al lenguaje, porque este determina los lugares que ocupamos y los que ocupan las personas y las cosas que nos importan. La geometría del lenguaje es un tema muy complicado. Por poner sólo un ejemplo tomado de Alfredo Eidelzstein, ¿dónde está el lenguaje? ¿Está dentro o está fuera de mí? Puedo pensar que está dentro porque yo elijo las palabras y yo hablo, pero es que antes de nacer yo, ya se hablaba, ya estaba el lenguaje. ¿Se ve el problema? Parece que el lenguaje está a la vez dentro y fuera, o puede ser que el lenguaje no tenga exterior ni interior. Y se trata de hacer una geometría de eso.

Por ello Lacan toma la topología. Vamos a ver dos pequeños ejemplos de figuras topológicas sin profundizar en ellos para ilustrar su utilidad y las cosas maravillosas que piensa Lacan a partir de ellos.

El primero es el toro. El toro es una figura topológica que se forma por la rotación de un círculo en torno a un eje vertical. Toma la forma de una rueda llena de aire o de una rosquilla gruesa tipo donut. Imaginaos que tenéis una línea vertical y que hacéis girar un círculo en torno a ella, el resultado es un donut con el agujero en medio. La masa del dónut sería el recorrido del círculo en torno a la línea vertical, que estaría en el agujero del centro. Lacan toma el ejemplo del toro para hablar de la neurosis. No voy a entrar ahí, sino en el agujero del centro.

Ese agujero está delimitado por el toro (es justo su centro), pero a la vez comparte el espacio que está fuera del toro (porque es un agujero). O sea, algo del exterior está en el centro más íntimo del toro. Si lo tomamos como modelo para pensar cómo se constituye una persona, podemos pensar que algo del exterior está en el núcleo más íntimo de la persona. Lacan le dio a esto el nombre de “extimidad” (un neologismo que condensa exterior e intimidad, lo más externo es a la vez lo más íntimo). Esta es una aproximación para ver el lugar geométrico que podría tener el lenguaje, el cual constituye nuestro núcleo más íntimo siendo a la vez lo más externo a nosotros.

El otro ejemplo es el de la banda de Möbius. Esta banda es muy fácil de fabricar artesanalmente y tiene propiedades fascinantes. Cogéis una tira de papel para unir sus extremos formando un círculo. Antes de pegar los extremos entre sí, a uno de ellos lo giráis media vuelta y lo pegáis así girado al otro extremo. Ya tenéis una banda de Möbius. La banda de Möbius parece una superficie cerrada (habéis pegado los extremos), eso quiere decir que parece que tiene un interior y un exterior. Y, como pasa con todas las superficies cerradas, tiene dos lados: el lado de fuera y el de dentro. Por tanto, parecería que para pasar de un lado a otro (si recorréis la cinta con el dedo) habría que dar un salto, ya que es una superficie cerrada. Pues bien, si cogéis un lápiz y coloreáis la superficie empezando por fuera (también podríais hacerlo empezando por dentro), veréis que podéis colorear tanto lo de dentro como lo de fuera sin cruzar ningún límite, sin tener que levantar el lápiz y dar un salto para colorear el otro lado. Es decir, la banda de Möbius parece una superficie cerrada que tiene dos lados, pero en realidad es una superficie abierta que sólo tiene un lado. Es una superficie abierta, pero aparenta ser una cerrada.

Lacan toma la banda de Möbius como la estructura del sujeto. Para Lacan el sujeto es un efecto, un producto, del lenguaje, o sea que depende fundamentalmente del lenguaje. Las personas parece que tenemos un interior y un exterior, pero el sujeto que somos y que es un efecto del lenguaje, sólo aparenta tener exterior e interior cuando en realidad está abierto, sólo tiene un lado. Otro ejemplo de la particular geometría del lenguaje.

Si habéis llegado hasta aquí, alabo y agradezco vuestro esfuerzo. Estas eran nociones para perfilar el gran problema para entender la geometría del lenguaje, los espacios que forma y los lugares que determina y que ocupamos. Sin embargo, la verdadera cuestión que quería tratar (y que anunciaba al inicio) comienza aquí. ¿Soy o estoy? ¿Sufro porque soy así, estoy determinado en mi esencia a vivir así, o más bien sufro porque el lugar que ocupo determina mis movimientos, mis conductas y afectos?

Estamos habituados a pensar que somos algo, que nuestras conductas, afectos y pensamientos son como son porque somos de cierta manera. Somos y seremos así, genio y figura hasta la sepultura. Nuestra cultura encumbra tanto al ser, entendido como esencia inmutable de la sustancia, que nos cuesta muchísimo siquiera imaginar que nuestras conductas, afectos o pensamientos podrían explicarse desde otro lugar.

Creemos que hacemos las cosas porque somos de cierta manera. Creemos que triunfamos porque tenemos en nuestro ser las herramientas del triunfo, que fracasamos porque algo de nuestro ser nos boicotea y nos hace fracasar. Creemos que nuestra relación con la(s) pareja(s) es siempre muy parecida porque somos de una manera y nuestra(s) pareja(s) también son de determinada manera. Porque somos como somos acabamos donde acabamos.

A veces, para empezar a cuestionar estas ideas que damos por supuestas, suelo poner el ejemplo de la torre del ajedrez. Imaginemos que tenemos un tablero de ajedrez y en su casilla correspondiente está la torre. ¿Cómo se mueve la torre? – pregunto. Todas las casillas que se quiera en vertical y en horizontal – me responden. ¿Y por qué se mueve así? – vuelvo a preguntar. Pues porque es la torre – me suelen responder.

Vale, ahora imagínate que te has apostado 100 euros con un amigo a que le puedes dar jaque mate en la primera partida de ajedrez. Coges el tablero y cuando vas a buscar las fichas, las has perdido. Quieres ganar los 100 euros, así que coges un montón de botones y los pones como fichas. El botón que has puesto en el lugar de la torre ¿cómo se moverá? Como la torre, claro. ¿Entonces por qué la torre se mueve las casillas que se quiera en vertical y en horizontal? ¿Porque la ficha tiene la forma de la torre y es la torre o porque la torre se pone en ese lugar y no en otro? La torre se mueve así porque ocupa ese lugar. El lugar de la torre empuja a que la ficha allí puesta se mueva de cierta manera y sólo de esa. Da igual que la ficha sea una torre, un botón, una piedra o un alfil. Si la ficha está en el lugar de la torre, se moverá como la torre.

Con este ejemplo trato de hacer comprensible la idea de que uno se mueve (hace ciertas cosas, piensa ciertas cosas, siente ciertas cosas, desea ciertas cosas) no porque el ser de uno le determine a moverse así, sino porque el lugar que ocupa determina esos movimientos. No es el ser, no es el cuerpo ni la forma lo que hace que uno repita ciertas cosas que le hacen sufrir, sino el lugar que ocupa.

Es cierto que un lugar siempre es un lugar en relación a otros lugares. El lugar de la torre existe porque existe el lugar del caballo, el del alfil, el de la reina, el de los peones… Esta es la estructura, la relación de los lugares unos con otros, los cuales determinan a los elementos (fichas) que ocupan esos lugares a moverse de una manera y no de otra. Pero para simplificar me centro sólo en el lugar de la torre.

Nuestros lugares como sujetos son siempre lugares determinados por el lenguaje, las palabras (en realidad son los significantes, pero para no liar hablo de palabras, aunque un significante puede no ser una palabra) construyen lugares relacionados unos con otros. Al habitar esos lugares, nos movemos según las reglas que esos lugares han establecido. Y muchas veces eso conlleva un gran sufrimiento psíquico.

Vamos a pensar en el hijo que aún no ha nacido. Quizá ha sido concebido como la muestra del amor pleno que se tiene la pareja, eso es un lugar. O puede que haya sido concebido porque era la única forma que creía la pareja que le quedaba para mantenerse unida, eso es otro lugar. No es lo mismo venir al primer lugar que al segundo. Tal vez el primer lugar determine a la persona a que sólo se pueda concebir un hijo si existe pleno amor en la pareja y eso retrase o impida el nacimiento de un hijo si esa persona no siente el amor pleno. Tal vez el segundo lugar determine a la persona a que sólo pueda formar parejas con personas que crea que tienen que ser salvadas y eso le lleve a situaciones muy duras con parejas complicadas.

Esta cuestión se ve en otras vertientes. Si una mujer sólo puede ser una mujer dándolo todo por amor (ese es un lugar), una persona puede acabar hundida y en la miseria por estar en ese lugar de mujer. O a lo mejor un hombre sólo puede ser un hombre si es capaz de mantener a su familia (ese es otro lugar), y si no lo consigue no sólo le angustia la economía sino que su mundo como hombre se viene abajo.

Estos lugares están en relación a otros (el del hijo en relación al de los padres, el del hombre en relación a la mujer y a la inversa), pero además son lugares que están hechos por las palabras. Las palabras fundan los lugares y, por tanto, fundan las reglas. Al habitar esos lugares, nos movemos con esas reglas, sentimos bajo esas reglas, somos bajo esas reglas. Lugares que otros han creado para nosotros con sus palabras o que nos hemos creado nosotros con nuestras palabras (que son siempre externas a nosotros).

Hay un lado amable y otro angustioso en la idea de considerar nuestro sufrimiento en relación al lugar y no al ser. El lado amable es que, si lo que hacemos o sentimos, tiene que ver con un lugar, nada nos impide cambiar de lugar. Eso sí, es un trabajo intenso y doloroso, pero en último término liberador. Si no sufrimos por el ser sino por el lugar, entonces no hay nada en nuestra realidad psíquica que sea inmutable y, por tanto, se puede cambiar para aliviar. A diferencia del ser, que es y será siempre de esa manera.

El lado angustioso es que si nuestro ser es la ilusión producida por habitar un lugar, entonces no hay nada seguro, no hay nada definitivo. No hay una forma de ser un buen marido, una buena madre o un buen amigo. Al tener que cambiar de lugar, renunciamos a la posibilidad de alcanzar algo completo, perfecto. Renunciamos también a la existencia de manuales y protocolos para alcanzar la felicidad o la plenitud. Y muchas veces no estamos dispuestos a ello. Sea, pues. También es respetable.

Sólo deseaba transmitir un poco esta idea de los lugares y del lenguaje, pues siempre me ha fascinado. No creo que una concepción (el ser o el estar, la esencia o el lugar) sea mejor que la otra. Si yo me posiciono del lado del lugar es porque explica las cosas desde una perspectiva distinta e interesante. También porque mantiene la esperanza y orienta el cambio. Y porque, en el fondo, suelo tratar de elegir la libertad a la seguridad, aunque la libertad sea difícil de soportar.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma


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