Mis naufragios entre las palabras o acariciando erizos 2


 

En uno de sus preciosos poemas Roberto Juarroz escribía que el oficio de la palabra es la posibilidad de que el mundo diga al mundo, la posibilidad de que el mundo diga al hombre. Él hablaba de la poesía, claro. Pero hay otro oficio de la palabra, que es el que yo practico. Y aunque la verdad de Juarroz existe en mi oficio, también está presente una contracara. Permanece oculta, silente, pero sus efectos no dejan de sentirse.

Mi oficio de la palabra obliga a zambullirse en decenas de océanos distintos, cada uno con sus propias mareas, con sus propios oleajes, maremotos y tormentas. Un océano por cada persona que habla de su sufrimiento, de su realidad, de sus deseos y de su dolor; también de su amor y de sus esperanzas, de sus decepciones e ideales; de su temblor. Si uno naufraga siempre en su propio océano, cómo no va a ocurrir lo mismo con más fuerza si el océano en el que bracea le es desconocido.

Se pueden esgrimir teorías que justifican la resistencia de los pacientes o motivos que explican por qué la cosa no acaba de andar, pero en el fondo el profesional sensato sabe que muchas de las heridas del otro dan tajos sobre las propias. Pues todos somos humanos, huérfanos de la luz, ateridos en la penumbra de la muerte.

Esta urdimbre que nos descompone en ilusiones y que nos va desangrando el tiempo parece siempre tan frágil…

Una palabra tras otra, una frase tras otra y detrás el latido pulsante de la agonía, el mapa desorientado de querer ser, de poder ser, de tener que ser. Los recuerdos de la infancia, las puñaladas de la muerte, los abandonos, la caída de las fantasías que tejen las realidades, cuyo sonido al romperse identificamos como vida. Así es, sabemos de la vida cuando algo está perdido. Y las palabras siguen. ¿Quién habla? La historia de los linajes, las deudas de las familias, los lazos inasibles que forman los lugares que habitamos. No sabemos, pero las palabras derraman eso que no sabemos y creemos que lo descubrimos.

Escucho, trato de escuchar y, a veces, lo insoportable de la escucha me obliga a hablar para no ver. Porque los profesionales de esto también en ocasiones sin saberlo elegimos la ceguera, por supervivencia o por ignorancia. Pero también, de vez en cuando, para que el lenguaje no se enlace tanto con la muerte.

Escuchar océanos de palabras le vuelve a uno más pesimista o tal vez más humilde. También más esperanzado y más consciente de la dicha de amar o de la condena libertaria que supone pertenecer a lo humano.

La materia, el espacio y el tiempo se vuelven extraños cuando uno practica este oficio de la palabra. Por ejemplo, el futuro resulta ser anterior o causa lo que está presente; los lugares se transforman en otras épocas y otras reglas, el que habla no es el mismo que está sentado hablando y el que escucha no es quien es para el que habla; existen palabras que se encarnan y trozos del cuerpo funcionan de otra manera cuando son vaciados de esas palabras o cuando ciertas palabras se presentan.

Todo es tan aterrador y fascinante cuando se despliega el lenguaje…

Hablar duele a veces. Escuchar atormenta siempre. Y, a pesar del dolor o precisamente por él, el que escucha está obligado a la delicadeza. Al empezar a escribir esto veía mi oficio como el naufragio entre las palabras, pero ahora también lo veo como acariciar erizos. Encontrar la suavidad entre las púas sin ahorrarse los pinchazos. No es fácil y no es para todos. Igual que hablar.

Los profesionales fallamos. No fallamos a veces, fallamos siempre porque la naturaleza de la palabra es en sí fallida. La filosofía ha mostrado que el precio de hablar es perder el mundo de las cosas. Vistiendo los trajes de espinas que mi oficio exige he podido comprender algo de la repetición fallida de la que siempre hablaba Lacan. En este oficio no se trata de tener éxito, sino que el éxito es poder fallar frente a lo mismo pero de otra manera. Es una bonita fórmula de la esperanza. Al igual que una bonita fórmula del amor es dar lo que no se tiene.

El profesional sensato de este oficio no debería poner su esperanza en resolver el problema del que habla, pues sólo en el saber desplegado en sus palabras, el que habla podrá encontrar la forma de fallar de otra manera que sea armónica con la vida, que sea con menos sufrimiento. No, el profesional sensato de este oficio no debería poner su esperanza en el éxito terapéutico, sino en no volverse sordo por escuchar, en que el dolor que declinan las palabras que oye no le acabe tapando los oídos o desbordándole el alma.

Creo que ese es el mayor peligro de este oficio de la palabra: que escuchar tanto sufrimiento acabe ensordeciendo el amor, los sueños y la valentía que ese mismo sufrimiento envuelve.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma.


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