Lo que despliega quien habla


Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

Esta sentencia de Jean-Paul Sartre condensa las dos claves fundamentales de muchos de los procesos terapéuticos: la historia de la persona y los movimientos de la persona en relación a esa historia.

Además, la frase de Sartre condensa tanto la libertad de la persona como la lucha contra la autovictimización. En otras palabras, la persona bien puede ser producto de su historia, pero no necesariamente debe elegir quedarse allí.

Yo no sé en qué consiste la libertad. No sé muy bien qué es. Lo único que tengo seguro es que el único medio de acceder a ella son las preguntas. Mejor dicho, ciertas preguntas. Preguntas que, por desgracia, suelen presentarse cuando el sufrimiento o la angustia arañan con ahínco la existencia de uno mismo. Son las preguntas que tienen que ver con el tejido mismo de la propia realidad.

Creo que una de las cosas más complicadas para los humanos es cuestionarse los cimientos mismos donde se erige nuestra realidad, nuestra posición en el mundo, nuestra relación con los otros. Es de lo más complicado porque esos cimientos funcionan como axiomas, se dan por hechos, se dan por supuestos, y, precisamente por ello, se vuelven invisibles, aunque determinan la vida.

El psicoanálisis concibe su desarrollo en las sesiones como el despliegue de un texto, el texto de aquel que habla. Esta concepción proporciona innumerables ventajas y no poco menos inconvenientes, de los cuales quizá el más importante es saber cuándo se da por terminado un psicoanálisis.

Foucault hablaba del carácter infinito del comentario. Aparece un texto, pongamos por ejemplo el diálogo platónico titulado El banquete. Lo lee alguien y hace un comentario sobre él. La característica del comentario es hacer surgir lo que el texto original quería decir, o sea, decir explícitamente lo que en el texto original estaba entre líneas, o en otras palabras, hacer surgir lo que fundamentaba, lo que impulsaba, las palabras que Platón escribió.

El buen comentario de texto consiste en exhibir, de forma transparente a la mirada, aquello que permitió a Platón escribir El banquete, y, justamente porque ese axioma fue lo que permitió que pudiese ser escrito, no está en el texto salvo enterrado, oculto, entre líneas. Es por ello que es necesario el comentario.

Ahora bien, se presentan varios problemas. Uno de ellos es que existen tantos comentarios como lecturas posibles, es decir, existen tantos comentarios como comentadores. Si el axioma que impulsa la escritura de un texto está oculto en él, los ojos que lean entre las líneas del texto siempre tendrán una mirada diferente. Por ello un único texto es capaz de producir una infinitud de comentarios. Debido a eso el filósofo y matemático Alfred North Whitehead sostenía que la característica principal de la tradición filosófica europea consistía en una serie de notas al pie de página en los diálogos de Platón.

Otro problema es que cuando alguien hace un comentario sobre un texto, ese comentario se vuelve también un texto y, por lo tanto, se abre la posibilidad de comentar ese comentario. Es decir, alguien toma ese comentario como texto y trata de sacar a la luz el axioma que lo sostiene. Axioma que, por su propia naturaleza, no está dicho en el comentario original, sino que está oculto entre las líneas del mismo. Por eso es necesario comentar el comentario y después comentar el comentario del comentario y así hasta el infinito.

Esta problemática queda perfectamente resumida en esta cita de la que desconozco el autor: hay dos silencios, uno antes de la palabra, es un querer decir. Otro, después de la palabra, es un saber que no pudo decirse, lo único que valdría la pena haberse dicho.

Si el psicoanálisis se concibe como un texto coloreado con los afectos, puntuado por los gestos y por los silencios, producido por las palabras y las frases que libremente deja marchar aquel que habla, entonces el psicoanálisis no puede evitar las redes del comentario. Lo cual dificulta saber cuándo se puede terminar un psicoanálisis, pues siempre podrán hacerse comentarios infinitos sobre el texto que somos.

Uno podría pensar que, a diferencia de textos milenarios, el autor del texto que se despliega en el psicoanálisis está vivo y puede dar cuenta de los axiomas que sostienen sus palabras. Puede juzgar la verdad o la falsedad de los comentarios que se van produciendo mientras desarrolla su discurso.

Eso sería así y sería totalmente cierto si pudiéramos identificar a la persona como dueño y creador del lenguaje que utiliza, cuestión que desde el psicoanálisis es imposible. El propio Foucault pone en cuestión esta identificación de la persona con el discurso que produce en su conferencia ¿Qué es un autor? Y el gran poeta Octavio Paz sentencia que el inspirado, el hombre que de verdad habla, no dice nada que sea suyo, por su boca habla el lenguaje.

Mi intención no es establecer la solución a esta problemática, sino simplemente explicitarla porque es la problemática que se abre cuando uno comienza a cuestionarse los cimientos de su realidad. Si, siguiendo a Sartre, uno intenta hacer algo con lo que hicieron de él, el primer paso es preguntarse qué hicieron de él y por qué y por qué uno repitió eso y qué significa eso que repitió y a qué amor está asociado, a qué odio, a qué identificación o definición del ser…

Cuestionar los cimientos de la realidad es desplegar el texto que nos constituye. Y desplegar el texto que nos constituye es abrir la infinitud del comentario. Lo cual no significa que el psicoanálisis sea eterno, hay un final. Pero ese final nunca es igual para todos, lo cual es decir una obviedad estúpida. Lo diré de otra manera. Ese final no es un final que sea universalizable, pero posee una estructura, posee una lógica. Para entender cómo se concibe el final de un psicoanálisis, hay que acudir a los autores que lo estudiaron. El mío es Lacan y no voy a enumerar los posibles finales de análisis aquí, lo que deseo subrayar es la dificultad de llegar a ese final precisamente por el método que el psicoanálisis emplea. El camino que lleva a ese final es lo que siempre varía.

Si tuviera que definir el final de un psicoanálisis no lo haría de manera ortodoxa o teórica, porque aún estoy estudiando (y no creo que termine nunca de estudiar esta cuestión). Lo haría a través de una frase que le escuché una vez en un encuentro al psicoanalista José Ángel Rodríguez Ribas: un psicoanálisis no sirve de nada si no te cambia la vida.

Que te cambie la vida. Ese es el único final que puedo definir para un psicoanálisis.

Y es inevitable que ese “que te cambie la vida” tenga que pasar por transitar algo de la infinitud del comentario, precisamente porque es inevitable cuestionarse los cimientos mismos con los que está tejida la realidad, con el fin de que uno pueda hacer algo con lo que hicieron de él.

No es mucho.

Pero como una persona muy inteligente y a la que tengo en gran aprecio me escribió una vez: de estas cosas pequeñas se nutren las cosas grandes.

 

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma

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