Una lectura de la depresión


Sigmund Freud afirmó que los poetas y los literatos sabían mucho más de la psique humana que cualquier psiquiatra (o psicólogo). Leyendo Alegría – la última novela de Manuel Vilas que me ha regalado una muy querida amiga – no puedo más que dar la razón al padre del psicoanálisis.

Alegría es la novela que Manuel Vilas ha escrito después de Ordesa. Para mí Ordesa es una obra maestra sobre el duelo, sobre la muerte y el amor. El libro me impactó tanto que creí que no podría volver a seguir con mi profesión, de verdad. No podía parar de leerlo y cada capítulo era una puñalada en el corazón de lo más humano. Hubo una afortunada coincidencia. Acabé el libro un sábado y ese mismo día me enteré que el lunes Manuel Vilas vendría a Cádiz a presentarlo. Tenía que ir, pero no a que me firmara el libro (que también), no a escucharlo (que me moría de ganas). La verdadera razón por la que tenía que ir era para comprobar si el hombre que había escrito Ordesa podía volver a sonreír después de eso. Y, bendita sea la vida, así fue. Manuel Vilas sonrió y sentí que podía seguir con mi profesión, aunque todo había cambiado porque sus palabras me habían marcado como un punzón ardiente e invisible.

Su nueva novela, Alegría, sigue la estela y el estilo de Ordesa y, a pesar de que para mí todo lo que viene después de Ordesa se posa en tejido cicatrizado, Alegría retumba y conmueve como sólo la pluma de Manuel Vilas puede hacerlo.

Manuel Vilas utiliza nombres de insignes músicos para bautizar a los miembros más queridos de su familia, pero en Alegría utiliza el nombre de Arnold Schönberg – el padre del dodecafonismo – para rebautizar a la melancolía. Al final del capítulo 42, en la página 141 de la primera edición de su novela, Vilas escribe:

Arnold, el gran Arnold, a quien la gente llama “depresión”, “depresión mayor”, “depresión endógena”, “ansiedad”, “angustia”, “neurosis”, “trastornos obsesivos compulsivos”, “trastorno bipolar”, nombres de los que Arnold se ríe.

Porque Arnold es el sonido de la furia.

Es más que esos tristes nombres de la psiquiatría contemporánea.

Arnold es un artista del caos, del terror, de la deformidad, de la imperfección, y de la verdad.

Arnold, el salvaje.

Arnold, el matador de cerebros.

Arnold, una simple verdad al desnudo.

En estas líneas está la verdad que Freud descubrió de los poetas y los literatos, el saber sobre la psique humana del que carecemos todos los profesionales. Y entre esas líneas a mis ojos relampaguea una frase que me hace ver la depresión (en realidad la melancolía) como no la había percibido antes: Porque Arnold es el sonido de la furia.

Jamás se me habría ocurrido traducir la melancolía – la cual en el fondo domina todo lo que la gente consideramos como depresión – al dialecto de la furia. Y me parece hermoso porque me parece esperanzador.

En nuestro gremio estamos tan acostumbrados a cegarnos por los síntomas que hemos olvidado que la tristeza, la impotencia, la desesperación, la indefensión, la inhibición, la grisura de la vida, la nostalgia y los puñetazos de la pérdida pueden ser en realidad declinaciones de la furia.

La furia destilada en su quintaesencia bien podría resultar en melancolía, en ese ruido enfermizo y vital que para Vilas representa como nadie Arnold Schönberg.

La furia de los que perdieron vidas que amaban, de aquellos que sufrieron la caída de sus ideales, de los que tuvieron que renunciar a lo que deseaban, de los que padecieron la ruptura de sus fantasías y se golpearon contra el mundo sin piedad. Su tristeza y su apatía, su negrura y su olvido del color de la vida es la furia en la soledad más íntima. Melancólicos, pero en verdad simas donde rebotan los ecos de esa furia.

Volviendo al genio de Freud, en Duelo y melancolía, escribe que en la persona melancólica la sombra del objeto recae sobre el yo. Creo que Manuel Vilas lo traduce muy bien. Todas esas pérdidas, todas esas decepciones, todas esas renuncias y todos esos desgarrones del sentido por donde se filtra la melancolía, acaban colonizando el corazón de la persona. Como si la furia hubiera desistido de morder las imágenes materiales que forman el mundo exterior y se replegara al recinto infinito pero delimitado que es el sujeto.

En la melancolía los mordiscos de uno son sólo para uno. La furia ha dejado caer su disfraz y se manifiesta como el ruido del desconsuelo que siempre ha sido.

Furia, no sólo tristeza. Furia, no sólo abatimiento. Furia, no sólo impotencia. Furia, no sólo desolación. Y si hay furia, aún hay vida, aunque la vida permanezca oculta en palabras como “depresión”, “episodio depresivo”, “trastorno bipolar”, “trastorno adaptativo” o, incluso, “melancolía”. Y si hay vida, aún puede haber alegría, como transmite Manuel Vilas.

Una alegría que no signifique lo contrario de la depresión o que olvide la melancolía. No, una alegría furiosa, que nace de la desesperación para alzarse robusta en sus grietas. Una alegría que pueda ser triste y añorante, que lata apagada y exuberante. La alegría madura que da la vida en compensación por lo que arrebata.

La frase Porque Arnold es el sonido de la furia puede hacer más por combatir el estigma en salud mental que cualquier campaña de sensibilización o grupo de psicoeducación. Pues si podemos ver la depresión, el duelo o la melancolía como el esqueleto de la furia, podremos ver personas en vez de enfermos mentales en todos aquellos que se lamentan de su tristeza. Si la furia pulsa bajo la melancolía, ya no se podrá ver a seres incapaces deshauciados de la vida, sino a personas que desesperadamente la anhelan.

La furia de la melancolía nos puede hermanar a todos, puede borrar las distancias que tan cruelmente infligen los diagnósticos. No son depresivos, están furiosos. Furiosos de vida, nostálgicos de alegría.

La depresión se malentiende, la tristeza se desvaloriza, la melancolía se ningunea, pero la furia sí que se comprende. La confusión queda eliminada en la furia. La furia da miedo y alas, porque la furia siempre empuja a la vida. Y la vida a la alegría.

Gracias, Manuel Vilas.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma.

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