Un apunte sobre el duelo 2


Es extraña la compleja danza que mantienen desde siempre los afectos y la muerte. Una figura tras otra, articulando una arquitectura móvil de estancias perecederas, como si nada de lo que tocara la muerte pudiera escapar de su sello, ni el odio, ni la alegría, ni el amor, ni el temor.

De esas estancias fugaces que los afectos y la muerte delinean en su constante baile hay unas más vivibles que otras, unas más habitables que otras. Aún no sabría decir dónde se sitúa para mí la estancia que recibe el nombre de duelo.

Es muy habitual sentir que algo de nosotros fallece cuando fallece alguien a quien amamos, pero también a quien odiamos o a quien tememos o a quien nos hace sentir alegría. ¿Qué se nos mata cuando esa persona muere? ¿Se nos muere algo?

Un páramo vacío, una oscura espiral descendente en el corazón de una noche sin luna, una galaxia de estrellas apagadas o el gañido agotado de un cachorro abandonado bajo la lluvia. Imágenes hay muchas, pero todas apuntan a ese entramado de soledad, tristeza, oscuridad, abandono o desamparo.

La existencia queda cortada, mutilada. Al sentir en el corte de nuestra existencia esa pregunta, que muchas veces no alcanzamos a formularnos conscientemente (¿qué ha fallecido en mí con la muerte de esta persona?), solemos transitar por el camino de lo que ella era para nosotros y los significados que le dábamos: era mi padre y para mí era un modelo o tal vez un problema, era mi madre y para mí era un apoyo constante o quizá una decepción continua, era mi novia y para mí era mi refugio o puede que una violencia velada, era mi amigo y para mí era el origen de la risa o tal vez la obligación de la deuda.

Recorremos ese camino y nos centramos en lo que esa persona era para nosotros tratando de saber qué es lo que hemos perdido, qué es lo que de nosotros ha fallecido con ella.  Si bien este es un camino habitual y necesario, no por ello es el camino bien orientado, porque ¿qué dice el psicoanálisis del duelo?

En este punto, y como suele ser habitual, el psicoanálisis le da la vuelta a la cuestión, invierte el foco. En efecto, lo crucial en el duelo para el psicoanálisis, con el fin de responder a la pregunta ¿qué ha muerto en mí con la muerte de esa persona?, no es la cuestión de qué era esa persona fallecida para mí, sino qué era yo para esa persona que ha fallecido. Esto es lo fundamental y lo que nos duele en el centro de nuestra existencia, que ha quedado cercenada.

¿Qué era yo para mi padre, era un medio para que alcanzara lo que no pudo lograr o era un rival para él? ¿Qué era yo para mi madre, era un objeto de adoración o una decepción? ¿Qué era yo para mi novia, era la forma que encontró para ser madre o era el reflejo de un amor que no se resolvió? ¿Qué era yo para mi amigo, era alguien que siempre necesitaba estar o era un rostro más entre muchos? Hay infinitas variantes, tantas como personas. Pero lo crucial es justo eso, ¿qué era yo para quien ha fallecido?

Hay que comprender por qué esta cuestión es tan importante en el duelo. Por un lado, interrogarse sobre qué era uno para otro que ya no está, que ha muerto, confronta con nuestra posición singular en la vida y en el mundo.

En efecto, la muerte deja a los afectos que suscitaba la otra persona no sólo al desnudo, sino también sin disfraces. El amor que uno sentía hacia el fallecido, o el odio o la decepción o la alegría, ¿qué lo producía sino lo que uno era para él? Entonces, lo que unía afectivamente al fallecido era lo que uno era para él. Y lo que se era para él ¿no es una posición propia que probablemente se repita con otras personas en las que se juega el mismo afecto?

El duelo duele porque pone en juego esta dimensión de qué soy yo para otro, para otro que está teñido con afectos profundos e intensos. En esta dimensión descubro mi propia posición ante el amor, la vida, el odio o la muerte. En el duelo descubro, a veces de forma extremadamente descarnada, qué lugar ocupo yo, qué lugar es el mío, aunque aparentemente no lo quiera o lo deteste.

Lo que nos lleva a la otra cuestión importante en el duelo. Hemos dicho que, por un lado, interrogarse sobre qué era uno para otro que ha fallecido ponía al descubierto algo íntimo de nuestra propia posición en el mundo. Pero, por otro lado, hay otra cuestión que aparece en esa interrogación sobre qué era yo para el fallecido. Es la cuestión de lo común, y lo común es el lugar.

El corazón del duelo pone al descubierto qué era yo para esa persona que ha fallecido y hemos explicado que hay infinitas respuestas, numerosas variantes. Y, sin embargo, ¿esa serie indefinida de respuestas tienen algo en común? Creo que sí. Independientemente de la forma de la respuesta, independientemente de lo que uno descubra que era para el otro, en todos los casos esa respuesta apunta a un lugar.

En otras palabras, para poder preguntarme sobre lo que yo era para el otro, necesariamente yo tenía que ocupar un lugar en él. La condición previa para ser algo para otro es ocupar antes un lugar en él. Ese lugar es el que, en cierta medida, determina la respuesta sobre qué era yo para el fallecido.

Por tanto, ese lugar es el que en el duelo por una parte se pone de manifiesto (debido a ese lugar que ocupaba yo para el otro puedo responderme qué era yo para él), y por otra parte ese lugar es el que con la muerte de la persona se ha perdido. Considero que este es el corazón del dolor del duelo: hemos perdido un lugar en el Otro. De ahí el desamparo.

Si hay respuesta a la pregunta que la muerte de un ser amado nos pone a la luz (¿qué se mata en mí con el fallecimiento de esta persona?), la respuesta tal vez sea: un lugar. Eso es lo que muere con la muerte de alguien a quien nos ligaba un afecto profundo. Eso es lo que fallece con el fallecimiento. En este sentido quién no preferiría un desfallecer a un fallecer, igual que a veces uno prefiere un deshacer a un hacer o un desocupar a un ocupar.

La muerte de ese lugar nos deja abandonados, a veces desahuciados, y, por si fuera poco, nos confronta con lo que somos nosotros mismos, con la posición que tomamos cada vez que ocupamos ese lugar. No es nada fácil cerrar un duelo precisamente por todas estas razones. Es por eso que la falta de tiempo que la actualidad concede al duelo muchas veces lo enquista, por lo que a la persona sólo le queda el camino de la anestesia (fármacos, drogas legales o ilegales) para continuar.

Si no hay tiempo para sumergirse en el lugar de uno en el otro, en la pérdida que eso supone cuando el otro muere -porque hay que tirar para adelante -, el dolor no se resuelve y el duelo deja de ser remedio para ser patología.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma


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