Un esquema del sufrimiento psíquico


Dar vueltas.

Ese es un esquema del sufrimiento psíquico. Entiéndase dar vueltas como equivalente a vivir.

Uno da vueltas en torno a lo mismo, o bien uno dando vueltas se encuentra con lo mismo. Parecería una repetición. Es cierto. Pero también es cierto que no se repite nunca de la misma manera.

No pocas veces se elige el camino de la ceguera. Se prefiere no ver a confrontarse con lo que es incomprensible pero que uno acaba haciendo, repitiendo. No hay nada que reprochar. Si la esclavitud se sostiene no es únicamente por la fuerza del amo, sino por la vocación necesaria del esclavo.

Sin embargo, cuando alguien decide ver(se), acaba enfrentado con lo que uno no es, que es una forma de decir que queda enfrentado a lo que es para Otros, para otras personas, para otros ideales, para otras palabras, para otros gestos.

Encontrarse con lo mismo en ese dar vueltas no es más que darse siempre la misma respuesta a la eterna pregunta: ¿quién soy? Lamentablemente a la cuestión “¿quién soy?” siempre la respondemos como si la hubiésemos formulado como “¿qué soy?”. Eso nos convierte en objetos.

Tampoco hay que deprimirse por eso. No es que seamos objetos, es que nos respondemos a nosotros como si lo fuéramos. Por desgracia se tiende a confundir una cosa con la otra y acabamos sintiendo en nuestro fondo que, si somos algo, es un objeto.

 

 

Uno da vueltas. Uno vive. Y se encuentra con lo mismo porque siempre se responde de la misma manera. Es una forma simplista de explicar lo que Lacan llamó “fantasma”.

El fantasma es eso, responderse de la misma forma, convertir el propio ser en objeto, pero no en un objeto aislado, sino en un objeto siempre en relación con Otro. Es fantasma porque no es real, aunque con él construimos e interpretamos la realidad.

Es por eso que cuando la vida nos toca en lo más íntimo, cuando roza lo que no podemos representarnos ni explicarnos (muerte, sexualidad, imposibilidad), respondemos con lo que tenemos: un fantasma. Nos objetivizamos para darnos un ser y para responder a lo incomprensible.

Entonces sufrimos.

Responder a lo irrepresentable exige siempre el precio del cuerpo, y al cuerpo lo convertimos en objetos, pues en el fondo asumimos que son esos objetos los que quieren los otros.

¿Quién soy? es igual a ¿qué soy? Respuesta: un trozo, un desecho, un fragmento y eso abre el sentido (el otro me quiere devorar, el otro me quiere expulsar, el otro me quiere machacar), pero también abre el sufrimiento y la repetición.

Los ejemplos son variados. Ante el amor alguien puede sentir que sólo puede amar si accede a que el otro le devore, entonces sólo entenderá (equivocadamente) que hay amor si eso está presente. Ante la muerte de un ser querido alguien puede sentir que siempre fue para ese ser amado un desecho que había que expulsar, entonces comprenderá (erróneamente) que el abandono se evita si toma siempre esa posición. Ante el deseo de otro alguien puede sentir que sólo se enciende si se deja machacar, entonces entenderá (incorrectamente) que el otro sólo le deseará si uno permite que le machaquen.

 

 

Esas formas de entender (de responderse) son equivocadas, erróneas o incorrectas no porque no sean ciertas (para la persona lo son), sino porque no se ajustan a la realidad del otro. No es que el otro quiera eso (a veces sí, claro), sino que uno asume que siempre es así. No nos extrañemos entonces de elegir a personas que acaban cumpliendo lo que en nuestro fantasma creemos que quieren.

Lo cual produce una especie de paradoja: acabamos encontrando en los otros la respuesta que nos hemos construido en el fantasma para comprendernos, comprender el mundo, las relaciones y las imposibilidades.

De esta forma damos vueltas en torno a lo mismo, o bien dando vueltas nos encontramos con lo mismo: nuestra respuesta anclada en un fantasma.

Qué curioso, creemos que buscamos la respuesta a la pregunta ¿quién soy? y resulta que en realidad lo único que hacemos no es buscar, sino empeñarnos en encontrar la respuesta que ya sabemos a ¿qué soy?

Pero nos lamentamos. Claro, nada de todo esto es voluntario o, mejor dicho, consciente. Es una inercia que seguimos a través de las marcas que la vida nos ha dejado en nuestro cuerpo, el cual también confundimos con nuestro ser, pero esa es otra cuestión.

 

 

No nos alarmemos. Esta descripción, este pequeño esquema del sufrimiento psíquico, sólo acontece cuando la respuesta de nuestro fantasma se nos hace demasiado presente. En la mayoría del transcurso de la vida nos explicamos así (con la respuesta que hemos construido) el mundo y a los otros, pero no sufrimos excesivamente. No obstante, si ante un acontecimiento vital, la respuesta que nos hemos dado se presentifica sin mediación, el sufrimiento será desbordante.

Queda otra cuestión. Se refiere a las ocasiones en que esa respuesta construida en nuestro fantasma se torna incapaz para dar cuenta de algo que experimentamos. En esas ocasiones el sufrimiento adquiere otro cariz, ya no desbordante sino casi devastador. La persona cae psíquicamente y queda confrontada al puro vacío. Eso es aún más problemático.

En palabras más simples: darse una respuesta y encontrarla a uno le hace sufrir, puesto que esa respuesta siempre se construye en las coordenadas del exceso o la mala intención del otro. Sin embargo, hace sufrir aún muchísimo más encontrarse sin ninguna respuesta.

Mejor una mala respuesta ante la vida que ninguna. Mejor un repetir, un encontrarse con lo mismo, aunque duela que encontrarse absolutamente sin nada, indefenso ante el vacío que siempre nos habita.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma

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