Psicoterapia en Cádiz. Nuestro enfoque en el tratamiento de los llamados “trastornos mentales”. 4


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Mi compañera, la doctora Pilar Moya, y yo abrimos esta consulta en el centro de Cádiz capital con el objetivo de ofrecer a la población de la provincia una oferta distinta de tratamiento psicológico y psiquiátrico.
En esta entrada inaugural de lo que será un conjunto de reflexiones, aclaraciones e informaciones sobre distintos temas y actividades que iremos organizando, queremos comenzar a explicar lo más básico: cómo entendemos los llamados “trastornos mentales” y la forma que tenemos de enfocar el tratamiento del sufrimiento humano.

Vamos a empezar por lo más concreto. ¿Qué son los “trastornos mentales”? Voy a comenzar por una definición más o menos formal y luego la traduciré al lenguaje común para que se comprenda.
Los llamados “trastornos mentales” son entidades diagnósticas constituidas por criterios diagnósticos que engloban un conjunto determinado de síntomas. Su agrupamiento viene dado por un consenso de expertos – generalmente psiquiatras – que afirman basarse en su experiencia clínica y en estudios estadísticos para establecer su pertinencia.
En cristiano. Los “trastornos mentales” son nombres que los expertos – en este caso psiquiatras – dan a lo que consideran que son patologías mentales (por ejemplo, “Trastorno límite de la personalidad”, “Esquizofrenia” o “Episodio depresivo”). Estas entidades diagnósticas están constituidas por lo que se llaman criterios diagnósticos. Un criterio diagnóstico a su vez está formado por un grupo de síntomas.
La idea es que si una persona cumple uno o varios síntomas de un determinado grupo de síntomas definido para un criterio diagnóstico, entonces cumple ese criterio diagnóstico para ese “trastorno mental”. Si además la persona cumple varios criterios de ese “trastorno mental”, entonces el profesional está justificado para diagnosticar a esa persona con el nombre de ese “trastorno mental”.
Esto puede parecer un poco lioso pero con un ejemplo se entiende muy bien. Vamos a tomar por ejemplo el diagnóstico de “Esquizofrenia” según la CIE-10, que es la clasificación que en la red de sanidad pública de España se utiliza para el diagnóstico.
La CIE-10 dice que se diagnostica “Esquizofrenia” si se cumplen estos criterios (pongo los principales para no extenderme mucho):

A. Dos (o más) de los siguientes síntomas: ideas delirantes, alucinaciones, lenguaje desorganizado, comportamiento gravemente desorganizado, síntomas negativos (como por ejemplo aplanamiento afectivo – que es una pérdida de la vida emocional, mostrándose la persona indiferente a las emociones –, alogia – que es un empobrecimiento del lenguaje – o abulia – que se define como falta de voluntad o energía para hacer cosas –).

B. Durante una parte significativa del tiempo desde el inicio de la alteración, una o más áreas importantes de actividad, como son el trabajo, las relaciones interpersonales o el cuidado de uno mismo, están claramente por debajo del nivel previo al inicio del trastorno.

C. Persisten signos continuos de la alteración durante al menos 6 meses.

Entonces, si una persona presenta en consulta por ejemplo alucinaciones auditivas (afirma que escucha voces) e ideas delirantes (cree con toda certeza que está siendo envenenado por su familia, por ejemplo, a pesar de todas las pruebas en contra), esa persona cumple el criterio A para el diagnóstico de “Esquizofrenia”.
Si resulta también que esa persona durante el padecimiento de esos síntomas sufre una pérdida cada vez mayor y significativa de relaciones personales (se va quedando sin amigos y sin pareja, por ejemplo), entonces esa persona cumple el criterio B para el diagnóstico de “Esquizofrenia”.
Por último, si al hacer la historia clínica de esa persona el profesional detecta que las alucinaciones y las ideas delirantes llevan presentes más de 6 meses, entonces esa persona cumple el criterio C para el diagnóstico de “Esquizofrenia”.
Como cumple esos tres criterios esenciales, el profesional puede – siempre según la clasificación CIE-10 – diagnosticar de “Esquizofrenia” a esa persona. Los otros criterios se refieren al diagnóstico diferencial, es decir, el profesional ha de estar seguro que los síntomas de la persona no se deben a otro “trastorno mental” que tenga síntomas parecidos (como “Autismo”) y que no se deban al consumo de tóxicos (cocaína, cannabis…)
Por tanto, se ve claramente que para poder diagnosticar de un “trastorno mental” a la persona esta tiene que cumplir algunos síntomas de los criterios diagnósticos y un número determinado de criterios diagnósticos.

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¿De dónde salen estos criterios diagnósticos y los síntomas que componen cada criterio? Pues salen de un consenso entre los psiquiatras y otros expertos que realizan la clasificación. ¿Qué significa esto? En plan bruto significa que los expertos se reúnen y debaten hasta alcanzar un acuerdo sobre qué criterios se van a definir y qué síntomas van a componer cada criterio. No es muy científico que digamos.
Lo que ocurre es que los expertos detrás de las clasificaciones se basan en algo que parece científico pero que no lo es del todo. Hacen esto porque es el método más parecido al que utilizan disciplinas científicas como la biología o la ingeniería. Esto facilita que sus consideraciones sean aceptadas por la población general, por los gobiernos y por la industria farmacéutica. Me estoy refiriendo a los estudios estadísticos. El problema y la trampa están en la propia estadística. La estadística se basa en la probabilidad, por lo tanto en última instancia lo único que se puede aseverar es que algo será más probable que otra cosa, en ningún caso se consigue la certeza objetiva que la ciencia (como la física o la matemática por ejemplo) exigen. Sin embargo, al trabajar con números se logra una apariencia de certeza matemática que de ninguna manera es real.
No voy a entrar más en profundidad en esta cuestión, si estáis interesados podéis hacérmelo saber en los comentarios y estaré encantado de escribir una entrada explicando más detalladamente estos temas. No obstante, sí que quisiera recomendaros la lectura del capítulo 7 del libro 17 ecuaciones que cambiaron el mundo, cuyo autor es Ian Stewart, matemático y catedrático de la Universidad de Warwick en Inglaterra. Dicho capítulo está dedicado a la llamada “distribución normal” que es la fundamental en los estudios estadísticos. Es maravilloso leer cómo en menos de 10 páginas este matemático explica de forma sencilla y accesible el peligro de considerar la estadística como certeza, en particular en áreas tan sensibles como la psicología.
En definitiva, como pese a todo, la estadística nunca da un valor seguro y predictivo al cien por cien, al final los expertos que elaboran las clasificaciones sólo pueden recurrir a su experiencia clínica o a su autoridad, lo cual si estamos en un contexto científico, significa utilizar el argumento más débil para sostener lo que se defiende.

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La reunión de todos los “trastornos mentales” forman las clasificaciones internacionales de “trastornos mentales”. Las más usadas son la ya citada CIE-10 y también el DSM-5, que es el homólogo de la CIE-10 en Estados Unidos.
Las clasificaciones de “trastornos mentales” tienen su utilidad, especialmente para agilizar la comunicación entre profesionales o para conseguir algún tipo de prestación social. No obstante, en mi opinión no sirven de mucho para lo que se supone que deben servir, es decir, para hacer clínica. Hacer clínica significa comprender qué es lo que le ocurre a la persona que consulta, de dónde le viene el sufrimiento, qué es lo que lo mantiene y organizar un tratamiento para poder resolverlo.
Las clasificaciones de “trastornos mentales” han borrado todo este proceso porque su orientación es biologicista. Esto quiere decir que en el fondo suponen que todo “trastorno mental” está causado por un fallo en el cerebro, bien sea por una alteración genética (fallos de genes o conjuntos de genes), bien sea por un desequilibrio de neurotransmisores (sustancias químicas que producen la transmisión de la señal nerviosa entre las células cerebrales).
Si yo supongo que todo “trastorno mental” tiene una causa biológica, entonces los únicos tratamientos que creo que ayudarán serán o bien fármacos que actúan sobre el cerebro, o bien técnicas que actúan sobre el cerebro (electroshocks, cirugías cerebrales), o bien cierto tipo de psicoterapias que hagan cambiar circuitos cerebrales. Esto tiene una consecuencia muy grave, la de ignorar a la persona y a su vida, es decir, no tomar en cuenta las respuestas que las personas han dado a su sufrimiento ni tampoco tomar en cuenta cómo las personas se han conducido en su vida sin darse cuenta para llegar a un punto que les provoca un gran malestar.
Las clasificaciones de “trastornos mentales” y el modelo teórico basado en la biología que defienden simplemente ignoran las aportaciones que otras áreas del conocimiento realizan y han realizado durante muchísimo tiempo para comprender y paliar el malestar de la vida humana, como por ejemplo la filosofía, la antropología, la sociología o la psicología que no se basa en la estadística.

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En Ágalma no nos posicionamos dentro del modelo biologicista de las clasificaciones de “trastornos mentales”. Que no nos posicionemos dentro de este modelo no quiere decir que no lo utilicemos cuando sea necesario – porque a veces es útil – o que trabajemos al margen del conocimiento científico. Quiero explicarte un poco más el porqué de esta negativa y eso me lleva a hablar de las comillas.

Como habrás podido observar, en este escrito cada vez que aparece la expresión “trastornos mentales”, siempre aparece entrecomillada.
Las comillas en la expresión “trastornos mentales” quieren decir varias cosas. En primer lugar quieren decir que es una expresión de otros, no nuestra. Por tanto, es una cita. En segundo lugar quieren marcar una diferencia, en el sentido de que esa expresión no es nuestra y tampoco nos la adueñamos ni la hacemos propia. Y en tercer lugar quieren resaltar el carácter de construcción que implica para nosotros esa expresión. Este último es el punto clave.
¿Por qué se llaman “trastornos mentales”? Siendo directo se llaman “trastornos mentales” para disfrazar algo que quiere seguir manteniéndose, aunque sea en la sombra. Lo que se disfraza pero se mantiene en la sombra es la concepción del sufrimiento humano entendido como enfermedad mental. Para entender esto tengo que hablar un poquito de historia.

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La psiquiatría como rama de la medicina nace en el siglo XIX. Antes de esa época lo que se llamaba locura no tenía que ver con la medicina sino con la religión (en la Edad Media) o con el encarcelamiento (en los siglos XVII y XVIII). Es sólo a partir del siglo XIX que la medicina empieza a interesarse por las personas encerradas a causa de conductas o pensamientos que no se entendían desde una normalidad considerada social.
Desde el mismo instante en que la medicina hace suyo el tratamiento de la locura dando origen a la psiquiatría aparece la pregunta por la causa. La locura ¿tiene una causa biológica (cerebral) o una causa ambiental (externa a la biología)? Esta pregunta en la actualidad, más de 200 años después del surgimiento de la psiquiatría, sigue sin poder ser respondida, probablemente porque pensar algo tan complejo como el sufrimiento humano – que involucra biología, ambiente, cultura, desarrollo psicológico y mucho más – no puede ser reducido exclusivamente a una causa simple (biología o ambiente).
Curiosamente, los primeros psiquiatras de principios del siglo XIX se posicionaban del lado de la causalidad ambiental y psicológica. Estos psiquiatras no se llamaban a sí mismos psiquiatras sino alienistas, porque trataban a los alienados (personas que vulgarmente se conocían como “locos”). Los alienistas consideraban que los alienados habían llegado a ese punto no porque estuvieran enfermos (en el sentido médico de la expresión) sino porque se habían desviado del desarrollo moral que se le suponía a todo individuo libre. Ten presente que era la época de la revolución francesa y por tanto surgía un cambio completo en la concepción de “hombre” desde el punto de vista filosófico y político. Así, el tratamiento que los primeros alienistas proporcionaban a los alienados estaba basado sobre todo en la filosofía, no en la medicina. El tratamiento consistía en aportar a los alienados el “desarrollo moral” que no habían podido conseguir. Esto se hacía a través de la palabra (conversaciones entre el alienista y el alienado) y de poner a trabajar a los alienados en tareas que les fueran útiles a ellos y a la sociedad.
Sin embargo, a lo largo del siglo XIX se produjo un desarrollo espectacular en otras áreas de la medicina (se inventaron las vacunas, se descubrieron causas biológicas para multitud de enfermedades que antes se desconocían y que eran prácticamente una condena a muerte y también se realizaron grandes progresos en cirugía). La psiquiatría, una jovencísima rama médica que acababa de nacer, quería asegurar su lugar dentro de la medicina, por ello a lo largo del siglo XIX los psiquiatras dejaron de lado el tratamiento moral y la filosofía y cambiaron la perspectiva. Los “locos” no eran ya alienados que habían llegado a la locura por una dificultad en su desarrollo moral, sino que ahora eran enfermos. Enfermos mentales. Si la psiquiatría quería ser tomada en serio como una rama de la medicina, tenía el desafío de demostrar que la locura era una enfermedad médica como tal.

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Lo cual nos lleva a preguntarnos ¿qué es una enfermedad médica? O en otras palabras, ¿qué se debe tener en cuenta para decir que algo es una enfermedad desde el punto de vista médico? De manera muy resumida y aclarando que sólo me baso en mi memoria (por lo que a lo mejor me estoy dejando en el tintero algo fundamental), una patología se define como enfermedad desde el punto de vista médico por la presencia de estos factores: la patología produce unos síntomas que sólo son propios de ella y de ninguna otra enfermedad ya descrita, tiene un curso y una evolución bien definidos (se conoce el desarrollo a nivel biológico que va produciendo la enfermedad y, por tanto, también se conocen los estados por los que va pasando la persona a lo largo de la enfermedad), y, por último, se conoce de manera cierta y sin lugar a dudas la causa biológica que produce la enfermedad. Si todo esto se da, la ciencia médica puede diseñar un tratamiento que cure la enfermedad o, al menos, que palie sus efectos.
Con este punto de vista en la cabeza la psiquiatría a lo largo del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX produjo una gran cantidad de literatura sobre tipos de “enfermedades mentales” que supuestamente tenían síntomas propios de ellas y no de otras y que evolucionaban de manera conocida. Sin embargo, por más que la psiquiatría intentaba encontrar síntomas que sólo se presentaran en una determinada “enfermedad mental”, hallaba para su desesperación que esos mismos síntomas también aparecían en otras “enfermedades mentales”, y además el curso y la evolución de cada “enfermedad mental” que describían era tan variable que no podían asegurar que una cierta evolución fuera propia de una “enfermedad mental” y no de otra.
No obstante, el mayor problema era la causa. Los psiquiatras no lograban encontrar la causa biológica que producía la locura o “enfermedad mental”. Argumentaban que cuando las técnicas médicas estuvieran más avanzadas se encontraría la causa biológica que indudablemente subyacía en la “enfermedad mental”. Han pasado 200 años desde entonces, dos siglos – se dice pronto –, y aún no se ha descubierto la causa biológica de la “enfermedad mental”. Curiosamente, los psiquiatras actuales siguen dando el mismo argumento sobre la causa biológica, es decir, que cuando las técnicas médicas avancen más, se descubrirá sin lugar a dudas la causa biológica. Evidentemente, cuanto más tiempo pasa sin una respuesta, más aumenta el escepticismo de muchos profesionales sobre la causalidad biológica de la “enfermedad mental”.
De todas formas, el colmo de los colmos era que cuando se descubría la causa biológica para enfermedades que trataban los psiquiatras, estas enfermedades dejaban de considerarse psiquiátricas y pasaban al dominio de la neurología. Por ejemplo, cuando se descubrió que ciertas formas de locura estaban producidas por la sífilis y se descubrió la causa de la sífilis, estos cuadros de locura dejaron de considerarse dentro de la psiquiatría y pasaron a ser tratadas por los neurólogos. Lo mismo sucedió para la epilepsia o las demencias. Es decir, que en cuanto se descubre la causa biológica de una enfermedad, esta deja de ser considerada “mental” o psiquiátrica y pasa a ser neurológica. Debe de resultar exasperante ser un psiquiatra convencido de la causalidad biológica de la “enfermedad mental” sabiendo que si se descubre esa causa, dejará de ser una enfermedad que la psiquiatría trate. ¡Si se lograra descubrir la causa biológica de las “enfermedades mentales”, la psiquiatría dejaría de existir!

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Por lo tanto, desde el siglo XIX pasando por todo el siglo XX hasta la actualidad, los psiquiatras, aunque empeñados en afirmar que existían las “enfermedades mentales”, no han conseguido definir ninguna patología mental como enfermedad, ya que para ninguna patología mental existen síntomas patognomónicos (que significa que son síntomas sólo propios de esa enfermedad y no de otra), porque resulta que muchos síntomas son los mismos para diferentes “trastornos mentales”; para ninguna patología mental se ha encontrado un curso y una evolución propios y, por supuesto, para ninguna patología mental se ha encontrado una causa biológica. Esto quiere decir que la psiquiatría ha fracasado en su empeño de definir la locura y el sufrimiento humano como enfermedades, ya que no ha podido mostrar que estos cumplan las directrices para ser considerados como enfermedades médicas.

Paralelamente a estos desarrollos, a partir del siglo XX comienzan a surgir reacciones al punto de vista médico que sostenía la psiquiatría. En particular, la aparición del psicoanálisis marca el punto de fractura fundamental.
Las investigaciones a principios del siglo XX de Sigmund Freud (creador del psicoanálisis) – que curiosamente era médico, más concretamente, era neurólogo –, toman el punto de vista opuesto. Es decir, los síntomas que padecen las personas consideradas como “enfermos mentales” no son signos de un fallo biológico en el cerebro, sino que son respuestas que las personas han dado a su sufrimiento. Por lo tanto, el síntoma cumple una función aunque haga sufrir. Tiene un sentido para esa persona aunque la persona no sepa cuál es ese sentido. Este enfoque tuvo como consecuencia el empezar a interesarse por la vida de las personas, por sus problemas y por las condiciones que desencadenaron el sufrimiento.
El psicoanálisis tuvo un impacto muy grande en muchos ámbitos de la cultura. Para lo que aquí nos interesa diremos que abrió la puerta a la creación de psicoterapias que no se basaban en la concepción de “enfermedades mentales”, sino en lo que la persona pensaba y sentía respecto a su malestar. Por eso se suele decir que, en el fondo, todas las psicoterapias (y hay muchísimas, unas mejores que otras) están basadas en el psicoanálisis, ya que el psicoanálisis abrió un mundo nuevo cuyo centro era la persona y no un fallo biológico. Además proporcionó por primera vez un tratamiento que tenía resultados terapéuticos comprobables.
Otra consecuencia fundamental del psicoanálisis fue que empezó a considerar las “enfermedades mentales” como construcciones. Esto quiere decir que empezó a considerar los nombres que los psiquiatras daban a las patologías mentales como eso, es decir, como nombres. Para el psicoanálisis las “enfermedades mentales” no eran entidades que existieran de forma real en la naturaleza y que estuvieran allí esperando a ser descubiertas (como pasa por ejemplo con las enfermedades víricas o bacterianas tipo tifus o sarampión), sino que las “enfermedades mentales” eran nombres que daban los médicos a un conjunto de síntomas que se asociaban entre sí, que compartían algunas personas, pero para los cuales no había ninguna causa biológica ni ningún tratamiento médico demostrado.

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Esta idea de que las “enfermedades mentales” eran sólo construcciones que la medicina había producido creyendo que eran enfermedades reales, se extendió como la pólvora durante el siglo XX a otras áreas que no eran médicas, especialmente a la filosofía. Así, a partir de los años setenta del siglo XX surgió una corriente llamada “antipsiquiatría” que se basaba precisamente en la idea de que las “enfermedades mentales” no existían como tales, sino que eran construcciones teóricas. Como otro ejemplo podemos poner el llamado enfoque “construccionista”, basado sobre todo en las investigaciones de Michel Foucault, un filósofo francés fallecido en 1984 que demostró que las “enfermedades mentales” eran construcciones, no entidades reales.
Estas ideas cuyo punto de partida fue el psicoanálisis y que se extendieron a otras áreas de la cultura y, particularmente, a la forma de entender el tratamiento terapéutico del sufrimiento humano, produjeron además una consecuencia fundamental.
Hasta casi los años ochenta del siglo XX el tratamiento para los “enfermos mentales” más graves consistía en el encierro en manicomios y en técnicas invasivas sobre el cuerpo (lobotomías, electroshocks…) junto con medicamentos que se habían descubierto por casualidad en otras áreas de la medicina (en las investigaciones sobre anestesias) y que se comprobó que disminuían los síntomas de la “locura” (delirios y alucinaciones auditivas sobre todo) porque calmaban la angustia.
Con la idea de que las “enfermedades mentales” eran construcciones acompañada del espíritu social basado en la democracia, la sociedad comenzó a darse cuenta que la “locura” y las “enfermedades mentales” producían estigma. El estigma es el conjunto de prejuicios y actitudes negativas que las personas no diagnosticadas de “enfermedades mentales” sienten hacia personas que sí están diagnosticadas. Para una sociedad que tenía como bandera la democracia y la igualdad, resultaba insostenible mantener a personas encerradas en manicomios, puesto que aumentaba el estigma y abría diferencias que iban contra el espíritu igualitario que perdura hasta nuestros días.
Esta fue la base de lo que se ha llamado la “reforma psiquiátrica”, la cual consistió en desmantelar los manicomios e introducir de nuevo al “enfermo mental” en la sociedad. En nuestro país la reforma psiquiátrica se inició a finales de los años setenta y se consolidó a finales de los años ochenta del siglo XX.

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Este rodeo por la historia quizá un poco extenso (pero aún así demasiado breve para todo lo que habría que contar), era necesario para comprender por qué los “trastornos mentales” siguen disfrazando la idea de la existencia de “enfermedades mentales”.
Como resumen para retomar esta idea, la psiquiatría comenzó con el punto de vista psicológico-ambiental de los alienistas respecto a la causa de la “locura”. Después varió su enfoque considerando la existencia de “enfermedades mentales” que no pudieron demostrar. Por ello surgieron respuestas de otras corrientes médicas y culturales que consideraban que las “enfermedades mentales” no existían. A ello se le unió el gran estigma social que provocaba juzgar a una persona como “enfermo mental” en una sociedad democrática.
Es justo en este punto histórico y cultural donde surge la idea de los “trastornos mentales” y las clasificaciones internacionales de “trastornos mentales”.
A pesar del fracaso de la psiquiatría en su objetivo de encontrar las enfermedades mentales y a pesar del clamor y la respuesta cultural para considerar falso dicho planteamiento, la psiquiatría seguía teniendo el mismo problema que cuando nació como rama médica, a saber, tenía que asegurar su lugar dentro de la medicina. Esto sólo era posible si encontraba una causa biológica que orientara hacia la existencia de “enfermedades mentales”, causa biológica que sigue sin descubrirse.
El problema además se agravaba porque la psiquiatría ya no podía ignorar los logros que el psicoanálisis, la filosofía, la antropología o la sociología habían obtenido en el tratamiento del sufrimiento humano al no considerarlo como enfermedad mental.
La solución de la psiquiatría consistió (lo digo de forma tosca para no extenderme más) en cambiar la designación de “enfermedades mentales” por “trastornos mentales”.

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¿Qué diferencia hay entre nombrar el sufrimiento humano como “trastorno mental” en vez de hacerlo como “enfermedad mental”? O en otras palabras, ¿qué conseguía la psiquiatría con este cambio de nominación?
En primer lugar, la psiquiatría disimulaba su fracaso en encontrar una causa biológica de la patología mental. ¿Por qué? Porque hemos visto que uno de los criterios fundamentales para considerar algo como enfermedad era conocer la causa biológica de la misma. Si no se tiene esa causa, no se puede nombrar algo como enfermedad. Sin embargo, los síntomas sí que se pueden nombrar, describir y enumerar, porque son algo visible en una entrevista clínica. Los síntomas sí que existen. Eso es justo lo que significa la palabra “trastorno”, es decir, un conjunto enumerado de síntomas, un síndrome, pero no una enfermedad.
En segundo lugar, la psiquiatría aportaba su granito de arena para (en teoría) erradicar el estigma. En efecto, la visión social que se tiene cuando a alguien le nombran “enfermo mental” implica que esa persona padece un desequilibrio importante en su estabilidad psíquica, que puede perder el control en cualquier momento y que además es algo incurable, que le durará toda la vida. Al sustituir “enfermedad” por “trastorno” la psiquiatría quería suavizar esta visión social. Quería conseguir que los prejuicios sociales disminuyeran y no se percibiera a la persona como incurable o incontrolable, lo cual, por supuesto, era algo necesario y positivo.
En tercer lugar, la psiquiatría quería (también en teoría) tomar en cuenta las aportaciones que durante más de un siglo habían hecho otras áreas en el tratamiento de la patología mental. Al sustituir “enfermedad” por “trastorno” la psiquiatría dejaba la puerta abierta a la hora de tratar a la persona que sufría de un “trastorno mental”. Como no hallaba la causa biológica, la psiquiatría tendía la mano a otras formas de tratar el sufrimiento que no fueran biológicas.

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De estos tres puntos que denotaban las buenas intenciones de la psiquiatría sólo es firme el primero, es decir, la idea de que lo que hay sólo son síntomas. Los dos restantes (la disminución del estigma y el tratamiento desde otros enfoques) no se han logrado desarrollar.
¿Por qué? Bueno, pues por el motivo que la psiquiatría más médica – que es la dominante – siempre ha tenido como objetivo: encontrar la causa biológica del sufrimiento humano. Es decir, que a pesar de lo que la psiquiatría estaba intentando con todas sus buenas intenciones, se negaba a abandonar la idea de una causa biológica. ¿Por qué? Porque la psiquiatría sigue pensando que sólo será una disciplina médica si logra encontrar “enfermedades mentales” y para encontrarlas necesita hallar la causa biológica que las provoca.
Por lo tanto, en el fondo, a pesar de cambiar el nombre de “enfermedad” por el de “trastorno”, se sigue manteniendo la misma idea. Ya lo adelantábamos al principio, las clasificaciones de “trastornos mentales” defienden un modelo que está basado en la biología y eso implica en la práctica considerar a los “trastornos” como “enfermedades”.
Si se siguen considerando los “trastornos” como “enfermedades”, entonces realmente no se reduce el estigma, puesto que los propios profesionales alimentan sin darse cuenta la idea de una causa biológica y, por tanto, la idea de una causa en el malestar que la persona no puede controlar, por lo que a esa persona se la percibirá como incontrolable e incurable.
Tampoco se logra abrir la puerta a nuevos enfoques para tratar el sufrimiento psíquico, puesto que, como dijimos al principio, al tener en el horizonte una causa biológica, los únicos tratamientos que se cree que son eficaces son los que involucran directamente una acción sobre el cerebro.
Entonces, en el enfoque de los “trastornos mentales” se mantiene en la sombra la idea de que en el fondo son “enfermedades mentales” y se actúa tratándolas como tal, sólo que sin decirlo claramente.

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Releyendo lo que llevo escrito hasta el momento quiero hacer una pequeña aclaración para evitar malentendidos.
Podría entenderse que hago una crítica de la psiquiatría médica y que no la tengo en ninguna consideración. Quiero aclarar que eso no es cierto. La psiquiatría ha aportado un conocimiento precioso de la sintomatología que hace sufrir a las personas, la ha descrito maravillosamente bien y la ha nombrado muy finamente, lo cual es esencial para cualquier disciplina científica. Sin ese tesoro descriptivo y nominativo no se habría podido avanzar mucho en el tratamiento del sufrimiento psíquico. El psicoanálisis, que marca la ruptura con la psiquiatría, le debe mucho a ella precisamente por haber establecido una descripción y una nominación precisa de los síntomas.
La crítica que realizo aquí no es hacia la psiquiatría, sino hacia la concepción última que tiene la psiquiatría médica del sufrimiento humano. La crítica es hacia la idea de que existen “enfermedades mentales” cuya causa final es un fallo en el cerebro (sea en sus genes, en sus células o en sus neurotransmisores). Precisamente porque una concepción así provoca el peligro de no tener en cuenta a la persona, y no debemos olvidar que el sufrimiento psíquico no sólo hace sufrir al cuerpo sino, sobre todo, a la persona que lo habita. Por tanto, hay que tenerla en tanta consideración, si no en más, que a las células o a la materia que le dan forma.

En Ágalma nuestra posición es justo la contraria a la que defiende la psiquiatría de las “enfermedades” o “trastornos mentales”. No decimos que a la biología no haya que tenerla en cuenta, sino que los llamados “trastornos mentales” no han demostrado tener una causa biológica. Pensamos que resulta más eficaz y más efectivo para aliviar el sufrimiento humano considerar que la persona puede decir algo respecto a lo que le ocurre.
Creemos que los “trastornos mentales” son construcciones teóricas que ayudan a orientarnos pero que no nos dicen nada sobre cómo ayudar a la persona o sobre qué es lo que mantiene su sufrimiento. Es por ello que nos encuadramos dentro de una perspectiva menos médica (en el sentido de considerar la existencia de “enfermedades mentales”) y más humana.
Con esta idea paso a comentar la segunda parte de esta entrada, dedicada a explicar cómo entendemos el tratamiento del sufrimiento anímico.

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Para decirlo desde el principio, en Ágalma nos basamos en el psicoanálisis para poder tratar el sufrimiento de las personas que nos consultan.
Basarnos en el psicoanálisis quiere decir que estudiamos esa teoría en sus desarrollos más actuales y la consideramos como marco principal para entender el malestar humano. Eso no quiere decir que excluyamos otros enfoques, ya que tanto mi compañera como yo mismo tenemos una formación muy extensa en salud mental (puedes consultar nuestros currículums aquí).
Basarnos en el psicoanálisis tampoco quiere decir que seamos psicoanalistas, de hecho ni mi compañera ni yo lo somos. Por tanto, no hacemos terapia psicoanalítica (no tumbamos a la persona en el diván dejándola hablar sin intervenir nunca). Técnicamente el psicoanálisis ha evolucionado mucho desde sus inicios, pero utilizo esta imagen clásica para poder explicarme. Lo que quiero decir es que para ser psicoanalista una persona tiene que tener la autorización de una asociación o de una escuela psicoanalítica y ni mi compañera ni yo la tenemos porque no pertenecemos a ninguna. Estamos legal y absolutamente capacitados para tratar el malestar psíquico por nuestras titulaciones y nuestra experiencia.

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¿Por qué nos basamos en el psicoanálisis para tratar el sufrimiento anímico?
En primer lugar, por lo que llevo diciendo durante esta entrada, es decir, porque el psicoanálisis toma en consideración a la persona. El psicoanálisis cree que la persona tiene que decir algo sobre su sufrimiento y cree que lo que tiene que decir es lo más esencial para poder aliviarlo o superarlo. Además, el psicoanálisis no trabaja desde el enfoque médico de las “enfermedades mentales”, con lo cual amplía su campo de comprensión y de actuación.
En segundo lugar, y derivado de lo anterior, el psicoanálisis defiende una determinada concepción ética de la persona.
El psicoanálisis asume que la persona es responsable de su sufrimiento. Que la persona sea responsable no quiere decir que sea culpable, sino que una persona ha pasado por situaciones en su vida y ha tomado decisiones (sin saber que las tomaba) que le han llevado a una situación de angustia o de malestar. Por lo tanto, la idea que defiende el psicoanálisis es que si la persona es responsable de su sufrimiento, puede responder a él, es decir, puede hacer cosas distintas para obtener bienestar y no malestar.
Por lo tanto, al contrario que pensar que la persona no controla su vida o lo que le ocurre (como sucede si pensamos que el sufrimiento es una “enfermedad” o un “trastorno mental”), basarse en el psicoanálisis para tratar el sufrimiento humano implica que la persona puede controlar lo que le ocurre y puede resolver ese sufrimiento.

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En tercer lugar, nos basamos en el psicoanálisis porque creemos que toda persona es diferente.
Las personas pueden tener los mismos síntomas (pueden sentir ansiedad o estar tristes o tener pensamientos de hacerse daño) pero esos síntomas idénticos nunca están causados por lo mismo ni se viven de la misma forma entre una persona y otra. Precisamente, al psicoanálisis lo que le interesa es lo más singular de una persona, lo que hace que esa persona sea como es, lo que hace que esa persona responda como responde. Eso no quiere decir que si responde de una manera, entonces responde mal y si responde de otra, responde bien. No, el psicoanálisis no juzga en el sentido de “esto es bueno y esto es malo”, sino que se interesa por lo más particular de la persona para que cambie no su forma de responder, sino su respuesta.
Por ejemplo, una persona puede responder a la vida desde la más pura emoción y eso puede provocarle sufrimiento. El psicoanálisis no pretende cambiar a la persona, no pretende que esa persona emocional se convierta en una máquina calculadora y racional, sino que pretende ayudarla y orientarla para que, sin cambiar su forma de ver el mundo, pueda responder de otra forma.
En definitiva, el psicoanálisis respeta hasta tal punto a la persona que no trata de cambiar cómo es o en qué se sostiene sino que utiliza lo que a la persona le hace sufrir para convertirlo en una herramienta de su bienestar. Para lograr esto, que es lo más fino y lo más creativo tanto para el psicoanálisis como para la persona, el psicoanálisis tiene en cuenta lo más propio y lo más individual de cada persona. Estudia sus síntomas, sí, también los alivia, pero no se queda ahí, le proporciona la posibilidad a la persona de hacer algo distinto con eso que es suyo. Por eso el psicoanálisis es lo más cercano al arte que puede haber en un enfoque del sufrimiento humano.
Mi compañera habitualmente da un ejemplo para que se entienda esta idea. Afirma que basarse en el psicoanálisis para hacer un tratamiento psicoterapéutico es como tener en la cabeza que se le va a hacer un traje a medida a la persona que consulta. Esta persona puede ser tratada como otras que tienen sus mismos síntomas, ser una más en una serie, o bien puede ser tratada de forma única e individual, haciendo no que la persona se adapte a la terapia, sino que la terapia se adapte a la persona.

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En cuarto lugar, nos basamos en el psicoanálisis porque nos da un marco muy completo para comprender a la persona que consulta. Si un profesional escucha el sufrimiento de la persona, comprobará como este sufrimiento se describe en términos de odio, de amor, de rabia y de todas las formas posibles de pasiones humanas.
El psicoanálisis, antes que ignorar esto, trata de comprender qué es lo que está en la base de esas pasiones humanas, cómo se forman, qué las mantiene, qué sentido y qué lógica tienen. El psicoanálisis habla el mismo lenguaje que las personas. No trata de definir el amor o el odio con tecnicismos vacíos de sentido. Llama a las cosas por su nombre y se interesa por cómo surgen y qué función tienen para la persona que las siente y las habla. Esto implica tener un marco lo más completo posible del ser humano y saber que siempre es distinto en una persona que en otra.
El psicoanálisis es muy exigente con los profesionales que nos basamos en él, pues nos obliga a tener en mente el conocimiento que se ha construido hasta entonces y a la vez nos obliga a estar dispuestos a dejarlo de lado si la persona que viene a consulta no encaja en lo que se sabe. La importancia sigue estando en la persona, no en la teoría que se maneja. La importancia sigue estando en adaptar la terapia a la persona y no la persona a la terapia.
Precisamente porque el psicoanálisis exige la posibilidad de abandonar lo que se sabe si la problemática de una persona no entra dentro de eso, es decir, precisamente porque el psicoanálisis siempre mantiene una brecha abierta, es la corriente teórica en psicoterapia que proporciona un marco conceptual más completo para ayudar a la persona. Porque siempre está dispuesto a tener en cuenta las soluciones y los deseos de las personas, con lo cual el psicoanálisis siempre va evolucionando para mejorar su forma de tratar el sufrimiento psíquico.
Por último, en quinto lugar, y relacionado con el punto anterior. Nos basamos en el psicoanálisis porque es el enfoque más profundo que existe no sólo para el malestar psíquico sino para el ser humano en general.
El psicoanálisis, al igual que se deja sembrar por las personas, también se deja sembrar por otras disciplinas. Concretamente, el enfoque psicoanalítico en el que nos basamos (aprovecho para mencionar que es el psicoanálisis desarrollado por Sigmund Freud y por Jacques Lacan) nos exige un determinado conocimiento, por supuesto, en psicología y en psiquiatría, pero también en matemáticas, en lingüística, en etología, en lógica, en antropología, en sociología, en filosofía, en literatura, en física y en muchas más áreas del conocimiento humano.
Es decir, nos basamos en el psicoanálisis porque nos exige seguir estudiando, seguir descubriendo. Nos exige seguir formándonos. Nos exige tener en cuenta todas las áreas posibles de la ciencia y del conocimiento humano para poder profundizar en saber qué es un ser humano y en conocer, por tanto, cómo sufre y cómo podemos ayudar y orientar, que al final es lo único importante y de lo que se trata.

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Por todo ello en Ágalma elegimos basarnos en el psicoanálisis sin dejar de tener en cuenta otros enfoques u otras áreas. Nuestra regla fundamental es adaptar la terapia a la persona, no la persona a la terapia. Por eso el psicoanálisis, que no excluye ningún área de conocimiento, es el enfoque que nos orienta.
Por último y lo más importante, hay que añadir lo más fundamental de todo. Es el testimonio de muchas personas que nos han consultado y a las que hemos podido ayudar teniendo como brújula una orientación terapéutica basada en el psicoanálisis y una concepción del sufrimiento humano alejada de la “enfermedad mental” o los “trastornos mentales”.

Si crees que podemos ayudarte, si estás sufriendo y piensas que te beneficiarías de nuestra práctica clínica, si has probado otros enfoques psicológicos y psiquiátricos que no te han ayudado y crees que nosotros podemos hacer algo por ti, en Ágalma estamos a tu disposición para cualquier consulta o duda.
Por favor, no dudes en ponerte en contacto con nosotros aquí o en el teléfono 956 227 989.
Podemos ayudarte.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo Ágalma


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4 ideas sobre “Psicoterapia en Cádiz. Nuestro enfoque en el tratamiento de los llamados “trastornos mentales”.

    • Ágalma Autor

      Muchas gracias por tu comentario y por tener la paciencia de leernos. Esperamos poder seguir escribiendo más cosas que nos inquietan y poderlas compartir con personas como tú, que nos animas. Un saludo.

    • Ágalma Autor

      Muchísimas gracias por tu comentario y por tener este modesto artículo en tan buena consideración. Nos alegramos mucho de que hayas podido disfrutarlo sin aburrirte demasiado (sabemos que en ciertas áreas es un poco farragoso). Nos das ánimo para seguir pensando y escribiendo. Un saludo.