Angustia


angustia

 

Sucede en la actualidad un fenómeno muy curioso: cuanto más se silencia la angustia, tanto más la experimentamos.
No nos engañemos. A pesar de la crisis, a pesar de la precariedad en todos los ámbitos (económico, laboral, familiar, del futuro…), a pesar de la negrura social que nos envuelve, el imperativo que rige nuestra cultura es un mandato a la felicidad. Debemos ser felices. Lo que antaño fue un ideal, ha pasado – como suele ocurrir con todos los ideales – a ser un mandato moral. Además (nos dicen continuamente) está ahí la posibilidad de ser feliz, tenemos millones de objetos para lograrlo. Si no lo conseguimos, somos nosotros, exclusivamente nosotros, los únicos culpables de no ser felices.
Muy pronto se nos ha olvidado que la felicidad, si existe, son sólo momentos, que la felicidad es tan fugaz como un beso, un parpadeo o un latido. Muy pronto se nos han olvidado las palabras que Bertrand Russell (el gran lógico y filósofo inglés) dejó escritas a principios del siglo XX, a saber, que la más grave enfermedad que aqueja al ser humano moderno es el aburrimiento.

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Al olvidarnos de ello y al estar guiados (sepámoslo o no) por el mandato categórico de ser felices, aparece la angustia. ¿Por qué? Porque con todos los ideales y con todos los mandatos morales sucede siempre lo mismo: la persona que los persigue siempre está en falta. Es decir, nunca somos tan perfectos como los ideales que seguimos, como los principios que nos guían. Este desnivel es el que abre la brecha de la angustia y, en muchos casos, posteriormente la de la culpa.
Sin embargo, también sucede otra cosa. Nos está prohibido experimentar la angustia. Si el mandato es ser feliz, la angustia entonces es sólo un obstáculo que hay que silenciar, ya sea mediante fármacos, fútbol, entretenimientos variados o cierto tipo de psicoterapias. Así que tratamos de adormecernos porque – pensamos – una vida con angustia no puede ser vivida. Y, no obstante, al tratar de callar la angustia, al tratar de aplastarla, sucede un efecto paradójico: la angustia aumenta.
¿Por qué sucede esto? Ante todo porque la angustia es parte de la voz de la persona. Es su voz más íntima, ya que no nos angustiamos de cualquier cosa, sólo de lo que nos concierne en lo más profundo.

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La filosofía sabe esto desde hace mucho tiempo. El existencialismo inaugurado por Kierkegaard allá por el siglo XIX lo conoce muy bien. También el nihilismo que comenzó con Nietzsche comparte esta idea, así como el pesimismo de Schopenhauer y de Marx. Por supuesto, el psicoanálisis de Freud y de Lacan no es ajeno a esta cuestión.
La filosofía descubrió que no hay libertad sin angustia, que el precio de la libertad es la angustia. En esta sociedad, que es más libre que cualquiera de las anteriores, esto se observa bien, pues esta sociedad está tan habitada por la angustia como nunca antes se había visto.

La angustia no es un concepto abstracto, no es una cuestión filosófica, sino clínica.
Para empezar la angustia es angustia porque la experimenta una persona, es decir, necesita un cuerpo. La angustia atrapa el cuerpo, lo estremece y lo hace vibrar en una disonancia poco armónica. La angustia es la primera articulación del cuerpo cuando una persona, en lo más profundo de sí, desea decir “basta”.

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Tan fundamental para la persona es la angustia que Jacques Lacan llegó a afirmar que era el único afecto que no mentía. Es decir, la rabia puede aparecer contra los demás y en el fondo resultar ser sólo rabia contra uno mismo, la culpa puede aparecer contra uno mismo y resultar ser al final sólo un medio para sostener la imagen ideal que nos formamos de otra persona, la ansiedad puede aparentar convocar nuestros miedos y en realidad resultar ser sólo el disfraz de nuestro deseo más íntimo. Pero la angustia no. La angustia no es disfraz ni engaño ni mentira ni desvío, sino signo.
¿De qué es signo la angustia? Es signo de un quebrantamiento. La angustia sería el área quebrada del cristal en el que nos apoyamos para vivir, la telaraña que anuncia la inminente ruptura del hielo frágil sobre el que nos deslizamos a lo largo de nuestros días. Expliquemos esto.
Todos nosotros necesitamos una base sobre la que apoyarnos, ya sea una imagen, un ideal, una relación o una pasión. Esa base, que a menudo se solapa con lo que llamamos nuestra identidad, nos da asidero en el mundo. Otorga sentido a lo que hacemos y vivimos, nos proporciona un orden y una lógica para vivir. Usando un ejemplo ya demasiado manido pero ilustrativo, esa base son nuestras gafas para ver el mundo. No hay una base igual a otra, pues no hay una persona igual a otra.

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Y sin embargo, esa base por sólida que parezca, siempre es frágil, demasiado frágil, como el cristal o el hielo fino. Las imágenes no resisten el paso del tiempo, los ideales se resquebrajan conforme uno abre un poco más los ojos, las relaciones se agotan demasiado pronto, especialmente en nuestros días, y las pasiones sucumben a la apatía que domina la actualidad. No digamos ya la identidad.
La identidad, el emblema de nuestra época. Estamos rodeados de falsas filosofías y falsas psicologías sobre la necesidad de mantenernos siendo quienes somos. ¿Pero qué somos? Sólo un vacío. Es ahí donde emerge la identidad, que no es más que algo que recubre ese vacío. Si hay algo continuamente mutable, eso es la identidad. Cuando lo que llamamos identidad se resquebraja, aparece el vacío que realmente somos. Y, por supuesto, aparece la angustia.
Por tanto, la angustia es la señal que sentimos cuando la base que nos sostiene en el mundo comienza a quebrarse.

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Claro que hay grietas y grietas. Puede que la angustia sólo anuncie una pequeña resquebrajadura, entonces es posible que se arregle fácilmente sin necesidad de terapia de ningún tipo. A lo mejor con un abrazo, con una charla junto a un buen amigo o simplemente dejando pasar un poco de tiempo. Pero hay grietas que anuncian abismos, que se van ensanchando hasta alcanzar las dimensiones de una sima oscura y palpitante. Estas grietas en la base donde nos apoyamos y que acaban convirtiéndose en abismos siempre aparecen porque hemos sufrido un encuentro azaroso que ha tocado nuestro punto más débil, un punto que suele ser inevitablemente inconsciente.
¿Cómo es que al romper esta relación me hundo hasta llegar a niveles que jamás me había imaginado? ¿Por qué con esta ruptura y con otras no? ¿Cómo es que con este jefe mi cuerpo se contrae y dejo de poder dormir? ¿Cómo es que con mi boda inminente soy incapaz de pensar o de alegrarme? Muchas veces es incluso terriblemente sutil. ¿Cómo es que con una mala palabra que me ha dirigido cierta persona que no había visto antes siento tanta angustia? ¿Por qué una cena en grupo me ha afectado hasta tal punto de que no puedo dejar de temblar? ¿Cómo es que la visión de una película ha provocado que no pueda levantarme de la cama? La lista puede ser interminable. Lo común a todo es la tremenda angustia que la persona siente, la parálisis subjetiva que experimenta y el enorme malestar que ya no le abandona.

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Algo ha sido tocado. Y no cualquier cosa, sino el asidero donde nos aferramos al mundo. Siendo aún más fino, lo que se ha tocado ha sido el punto más frágil sobre el que hemos edificado nuestra orientación en la vida, nuestro entendimiento de las relaciones o nuestra guía sobre cómo actuar. Es precisamente por eso que antes mencionaba que la angustia era la voz más íntima de la persona y que sólo aparecía ante sucesos (por triviales que estos sean) que concernían a lo más propio de cada uno. Naturalmente, nunca sabemos cuál es nuestro punto más débil, para eso hace falta psicoterapia, y no cualquiera, sino un determinado tipo de psicoterapia de carácter profundo, como la que ofrecemos en Ágalma.
¿Por qué? Porque para poder aliviar la angustia se necesita saber realmente de dónde viene, qué es lo que se ha estremecido de esa forma en la constitución de la persona. Eso requiere un trabajo activo por parte de la persona que consulta (el sufrimiento es inevitable pero necesario) y una orientación llevada a cabo por profesionales que sepan qué es lo que está en juego en el fondo, que sepan cómo ayudar. Nosotros podemos hacerlo.

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Evidentemente, la angustia se experimenta como algo incómodo, como un displacer, como un malestar. Eso hace obstáculo a la felicidad que nos exigen a nivel social. Tal vez hace obstáculo porque confundimos felicidad con satisfacción plena, con un equilibrio armónico donde sólo reina lo agradable, la más apetecible de la placidez. Sin embargo, el ser humano es la única criatura que encuentra felicidad en la incomodidad, porque – a pesar de la confusión – felicidad no es satisfacción, sino, antes que nada, insatisfacción, ya que uno sólo puede ser feliz cuando está habitado por el deseo y el deseo es por naturaleza insatisfacción. Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.
Entonces, la angustia se vive como un gran malestar que hace obstáculo a lo que creemos que es la felicidad, por ello tratamos de silenciarla, de obturarla. ¿Y qué ocurre? Como hemos dicho, ocurre que la angustia no desaparece e incluso aumenta. ¿Por qué? Bueno, ¿qué podría pasar cuando tratamos de acallar nuestra propia voz, nuestra propia intimidad visible ya para nosotros mismos? No se puede. Cuando algo que nos concierne ha sido visto, es imposible dejar de verlo, dejar de experimentarlo. Por mucho que tratemos de ignorar la angustia cuando ha aparecido, siempre estará presente, siempre nos estará acompañando.

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¿Qué se puede hacer entonces? Pues exactamente lo contrario a ignorarla, lo contario a adormecerla. Para que la angustia desaparezca, lo primero que hay que hacer es escucharla. Si la angustia es nuestra voz más íntima, habrá que dejarla hablar para ver qué nos dice, ya que es en nuestras palabras dirigidas por la angustia donde está la solución para que esta se disuelva.
Precisamente por esto, en Ágalma trabajamos con la angustia de forma contraria a lo que habitualmente se suele hacer. Proporcionamos un espacio seguro para que la angustia hable, se despliegue y no haga tanto daño a la persona que la experimenta.
Escuchar la angustia requiere un saber hacer que no todos los profesionales manejan bien. Escuchar la angustia, no silenciarla, requiere de calidez, de comprensión, de humanidad y del tiempo que la persona necesite para ello.
Escuchar la propia angustia (porque es la persona que la experimenta quien realmente tiene necesidad de escucharse a sí misma) requiere transitar por los desfiladeros más terribles para una persona, es por eso que para ello es necesario caminar acompañado de alguien que no abandona, que respeta la subjetividad y el tiempo que uno necesita para encontrar qué verdad propia se ha trastocado, qué punto de su base en el mundo se ha venido abajo para que así, cuando aparezca la lógica, el fundamento de su malestar, la persona que nos consulta pueda encontrar, si no felicidad, al menos sí bienestar.

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Si estás pasando por un momento vital en el que la angustia parece ser lo único que domina, si estás experimentando un gran malestar en tu cuerpo en forma de angustia, nosotros queremos acompañarte. Queremos proporcionarte un espacio cálido, íntimo y adaptado a tu ritmo, a tu tiempo y a tu malestar.
Si lo necesitas, puedes contactar con nosotros aquí o llamando al teléfono 956 227 989.
Podemos ayudarte.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo Ágalma

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