La gran mentira de los sentimientos 2


A Sigmund Freud se le conoce por muchas cosas: por haber establecido el primer tratamiento puramente psicológico de la historia de la psiquiatría, por haber dado un estatuto nuclear al inconsciente y demostrar que, en el fondo, ninguna voluntad o conciencia es soberana, o por haber colocado la sexualidad y el lenguaje en el corazón del sufrimiento humano.

No voy a entrar en el desarrollo de estas cuestiones. Me interesa más bien una vieja idea de Freud, existente antes de la creación del psicoanálisis como tal. Una vieja idea que no dejará de estar presente hasta el final de su obra y que creo que muchos profesionales del ámbito mental han olvidado, no sin consecuencias para su práctica clínica.

Es una idea muy simple y que a mí me parece muy bonita. Una idea sencilla que muestra la brillante forma de pensar de Freud. Esta idea ha sido olvidada no sólo por gran parte de las psicoterapias validadas “científicamente”, sino por el grueso de los discursos actuales, en los que se asume que los fenómenos como tales – sólo por existir – hacen transparente la verdad de la que nacen. En otras palabras, los discursos actuales identifican la verdad del fenómeno con el fenómeno en sí. No hay otro tipo de causalidad que no sea biológica o ambiental, por lo que el fenómeno psíquico responderá a ellas de forma inmediata e indubitable. No hay nada más, sólo un fenómeno que evidencia una anomalía biológica o da cuenta de un ambiente pernicioso para la persona. A esto se le ha bautizado como modelo biopsicosocial, que es una forma rimbombante de no decir nada o de ocultarlo todo.

La idea de Freud a la que me refiero es la siguiente: los sentimientos mienten. Esta manera de formular la idea no es de Freud, sino de Lacan, quien en su Seminario separa la palabra sentimiento en senti-miento, con el fin de explicitar el núcleo de esta vieja idea freudiana a la que me estoy refiriendo.

No es vano reivindicar semejante idea en la actualidad, donde el ámbito de lo mental está invadido por las emociones y los sentimientos: talleres de gestión de emociones, terapias basadas en la emoción, modelos psicológicos respecto a la inteligencia u otras de las llamadas funciones superiores elaborados a partir de las emociones y un largo etcétera.

Nota: aunque académica, clínica y etimológicamente está muy bien establecida la diferencia entre emoción, sentimiento y afecto, en esta entrada los hago equivalentes por propósitos de comodidad didáctica.

Por lo que se refiere al campo de lo mental, los sentimientos y las emociones han tomado el protagonismo central. La verdad del sufrimiento, de la existencia y de las relaciones de las personas entre sí se ha ubicado, de una manera u otra, en las emociones. Todo depende de las emociones, los sentimientos son reales y biológicos, por eso hay que adaptarlos al medio, gestionarlos – como se dice – para lograr un óptimo estado de ánimo y un buen hermanamiento con la felicidad, siempre entendida esta última de forma simplista y banal.

Si unimos esta idea con la que comentábamos previamente (que la verdad del fenómeno es el fenómeno en sí mismo), tenemos el marco actual de la salud mental. Es decir, si uno siente culpa, es porque realmente es culpable y hay que deshacerse de ese sentimiento. Si siente ira, no se cuestiona la veracidad de esta, sólo hay que dar herramientas para canalizarla. Y si siente tristeza, simplemente hay que aclarar qué es lo que pone triste para superarlo y ser feliz.

En esta época de protagonismo absoluto de lo afectivo como verdad única y transparente del sufrimiento psíquico, es obligadamente necesario retornar a la vieja idea psicoanalítica que cuestiona la veracidad de los sentimientos. En la realidad histórica que nos toca vivir, esta que sostiene el poder de los sentimientos como herramienta de cambio y como núcleo definitorio de la humanidad, ¿cómo poder entender, cómo darle valor a una afirmación tan aparentemente equivocada como la que enuncia que los sentimientos mienten? Pues a través de la única herramienta que poseemos en el ámbito mental, a través de la clínica.

Este fue justo el punto de partida freudiano, la clínica. A partir de ella Freud arribó a conclusiones que cambiaron la forma de entender tanto el psiquismo como la esencia del ser humano y, por supuesto, gracias a la clínica Freud descubrió que los sentimientos (casi) siempre mienten.

Escuchando a los pacientes que atendía, Freud observó que los sentimientos que expresaban, en realidad no estaban originados por aquello a lo que las personas atribuían como causa. El sentimiento engañaba. Si sentían culpa, no era porque las personas necesariamente hubieran hecho algo que tuvieran la obligación moral de reparar; si sentían ira, en el fondo no estaba dirigida contra la persona o circunstancia que las personas pensaban que la había provocado; si sentían tristeza, no era en verdad tristeza lo que sentían sino otra cosa.

Es decir, el afecto – en palabras de Freud – estaba desplazado respecto a lo que lo causaba. Esto significa que el sentimiento, o bien no era producido por lo que la persona creía que lo provocaba sino por otra cuestión que permanecía oculta, o bien que el sentimiento real que estaba en la base no era el que la persona experimentaba sino otro completamente distinto que no se podía reconocer. El sentimiento miente.

Solamente hay que dejar hablar a las personas y saberlas escuchar para darse cuenta de la verdad tan cierta que es la mentira de los sentimientos. Un ejemplo muy habitual es la tristeza que adviene tras la ruptura de una relación amorosa, la cual en muchos casos esconde una rabia muy grande por haber sido abandonado. La persona no se permite sentir la rabia porque aún ama a la que hasta hace muy poco fue su pareja. Es por ello que, sin darse cuenta, transforma la rabia en tristeza, ya que es más tolerable un ánimo decaído por echar de menos a quien ya no está, que sentir un abandono injustificado tras haber apostado y sacrificado mucho por una relación.

Otro ejemplo muy frecuente es cierto tipo de culpa. Es el pan nuestro de cada día echarnos sobre nuestras espaldas los defectos de las personas que encarnan nuestros ideales, precisamente para mantener puros dichos ideales. Si para mí la justicia es el ideal fundamental que sostiene mi mundo y me veo involucrado en una injusticia que comete alguien que para mí representa ese ideal (un padre, un juez, un maestro), pondré sobre mí gustosamente ese fallo – sin saberlo y aunque yo no haya hecho nada que traicione ese ideal -, con el fin de preservar tanto la justicia como la persona que la encarna. El resultado, por supuesto, es una culpa que no está provocada por nada que yo haya hecho. Una culpa que no es más que el precio de no poder renunciar a mis ideales, a mi concepción del mundo.

La inversa de esta situación la observamos frecuentemente con la ira. Personas que se enfadan continuamente con sus parejas, que justifican su ira por los comportamientos de su ser querido, cuando, en realidad, el enfado siempre es hacia uno mismo por no poder estar a la altura de lo que uno mismo se propone en el amor. Es menos doloroso para la persona situar la causa de la ira en el otro que en uno mismo, pues así las actuaciones propias se salvan de un cuestionamiento real que provoca mucho sufrimiento.

Ante estos datos que son el día a día de la práctica clínica, la gestión de las emociones o las herramientas para superar un incómodo estado de ánimo evidencian lo que realmente son: instrumentos para taponar lo que está realmente en juego, técnicas para seguir amaestrando y volviendo dóciles a las personas que se enfrentan a duras situaciones socioeconómicas o personales, pautas para que las personas sigan viviendo a ciegas.

No es que yo particularmente esté en contra de todo este arsenal “terapéutico”, al contrario, la decisión de la persona siempre ha de respetarse y, viviendo la triste existencia que soportamos, tomar partido por la docilidad o la anestesia es muy legítimo. Sólo quiero señalar la consecuencia que se deriva de ello, pues la práctica clínica muestra que siempre que se tapa algo íntimo de la persona, o bien se acaba repitiendo una y otra vez, o bien retorna de otra manera, generalmente con mucho más sufrimiento.

Es por ello que una posición terapéutica que mantenga el escepticismo sobre la verdad de los sentimientos, aunque a corto plazo produzca efectos lentos y aparentemente avance poco, a la larga sea mucho más eficaz en el tratamiento y logre paliar de manera definitiva el sufrimiento que los afectos causan a la persona.

Por otro lado, pensar que lo que sentimos no es necesariamente a causa de lo que creemos, o no es lo que sentimos realmente, nos otorga una bocanada de libertad que nos permite movernos más fácilmente, o con más esperanza, que si pensamos que lo que sentimos es definitivo, absoluto y está totalmente justificado.

Cuestionar la veracidad de los sentimientos paradójicamente nos evita tener que someternos a ellos y a las causas que les atribuimos, nos permite poder responder de nuestros actos y nuestras circunstancias. Y, aunque eso siempre abre el abismo de la incertidumbre, a la vez nos alivia y nos libera. Pues no se trata de otra cosa en una psicoterapia bien enfocada: desenterrar la posibilidad de que siempre podemos elegir de otra manera.

Así que me atrevo a afirmar que el reverso de sostener que los sentimientos mienten es aquel dicho popular que nos consuela: mientras hay vida, hay esperanza.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma


Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

2 ideas sobre “La gran mentira de los sentimientos