En defensa de los fracasos


Confieso que muchas veces en consulta acabo viéndome tomando partido por las derrotas, los fracasos y la tristeza. A veces incluso llego a defenderlos a capa y espada y los atesoro con mucho más cariño que los éxitos o los triunfos. No siempre, evidentemente, y no en cualquier caso, pero sí habitualmente.

En las coordenadas que nos toca vivir, gobernadas por la hiperestimulación y la hiperactividad, por el exceso de positividad y el imperativo angustiante de la felicidad, por la exigencia de la perfección y del éxito (Byung-Chul Han dixit), creo que el acto verdaderamente revolucionario es aquel, cualquiera, que reivindique la pérdida.

Por eso en la actualidad el amor puede ser un acto revolucionario, porque el amor se da y se pierde. El amor (el que mueve con su potencia y nos hace delirar) encierra el vacío y la tristeza, también la desesperación y la distancia. Amar es siempre perder, desde la posibilidad de perder el objeto de amor hasta el propio comienzo del acto de amar, que – como nos enseñó Freud – se inaugura con una pérdida de los límites de uno mismo y del propio ego. El amor es un acto revolucionario porque danza continuamente con la pérdida.

De la misma forma, la tristeza, el fracaso o la derrota, que se entrelazan inevitablemente con la pérdida, pueden ser actos revolucionarios en nuestra actualidad hiperpositiva e hipereficiente.

¿Qué son estos desesperados empujes al éxito, estas exigencias de felicidad que gobiernan nuestra contemporaneidad? En el fondo no son más que la expresión deformada del deseo reducido a su objeto.

El deseo es la fuerza que nos mueve, esa insatisfacción constante que sólo se apaga de tarde en tarde y por poco tiempo. Lo que hacemos es poner objetos delante de esa fuerza para dirigirla hacia algo. Si conseguimos ese objeto, tardamos muy poco en cansarnos de él y buscar otro que no tenemos todavía. Si no conseguimos ese objeto, experimentamos la decepción y la pérdida que siempre nos constituye, puesto que la fuerza del deseo es tan sólo un agujero. Pero un agujero que nos mantiene vivos.

Quiero que quede claro algo fundamental de esta idea: el deseo no es el objeto, el deseo es lo que nos dirige al objeto. El objeto (cosa, persona, logro o éxito social) es lo que el deseo pone delante de él para trazar una ruta, para tratar de calmarse. Pues precisamente nuestra actualidad hiperpositiva, hiperfeliz e hiperactiva confunde el deseo con su objeto.

Las coordenadas histórico-culturales que habitamos obligan a una satisfacción continua del deseo. Pero el deseo sólo se satisface con un objeto. Por tanto, satisfacer el deseo es conseguir siempre el objeto que deseamos. Esa es la concepción actual de la felicidad, esa es la concepción de lograr el éxito que tenemos hoy: conseguir satisfacer nuestro deseo, conseguir los objetos que deseamos, siempre, sin excepción y, a ser posible, de forma inmediata. Esto es confundir el deseo con su objeto. El deseo es la fuerza no el objeto. La prueba la experimentamos al conseguir el objeto que deseamos, puesto que inmediatamente deseamos otro que no tenemos.

Si el deseo es la fuerza y no el objeto, obviamente no vamos a poder satisfacer siempre nuestro deseo, entre otras cosas porque no siempre depende de nosotros. Pero la actualidad vuelve a dar un giro a esto. Las coordenadas actuales nos hacen responsables de nuestra felicidad y esta se entiende como la satisfacción del deseo consiguiendo el objeto. Así que nosotros somos responsables de conseguir lo que queremos. Pero en realidad no lo somos, muchas veces no depende de nosotros. Ahí se abre el abismo de un problema.

Sartre decía que somos libres para desear, pero no para conseguir lo que deseamos. Justo al contrario de en lo que nos vemos envueltos hoy, cuando se nos exige y nos exigimos conseguir lo que deseamos e identificamos eso a la libertad y al éxito.

Si la felicidad que nos exigimos es la satisfacción del deseo consiguiendo siempre su objeto, podemos entender por qué nos convertimos en hiperactivos y por qué vivimos hiperestimulados. Si conseguimos el objeto del deseo, tenemos que pasar rápidamente a otro (porque el deseo como fuerza nunca jamás queda satisfecho), para ello necesitamos estar rodeados de objetos aparentemente apetecibles (hiperestimulación) y también necesitamos movernos muy rápidamente de uno a otro (hiperactividad).

Evidentemente, las consecuencias para las personas de una dinámica así establecida son variadas. En primer lugar, un aplastamiento de la subjetividad. Nos enterramos en el pasaje de un objeto a otro sin que ninguno cierre el ciclo (el deseo se define por estar siempre insatisfecho); eso conlleva un sin límite que nos ahoga llegando a tomar a las personas como cosas y a las cosas como personas.

En segundo lugar, un aplastamiento del tiempo. No puede haber pausa, no puede haber vacíos. Llegamos a confundir la espera con la desesperación, los intervalos con el aburrimiento y la postergación con la infelicidad. Ya no tenemos tiempo para extrañar o echar de menos y sin nostalgia ¿puede haber color?, sin pausa ¿puede haber felicidad?, sin tiempo ¿puede haber humanidad?

En tercer lugar, la vivencia de la insatisfacción como catástrofe. A pesar de la hiperestimulación y la hiperactividad, no siempre obtenemos lo que queremos. Lo curioso es que eso en vez de hacernos más pacientes o comedidos, en vez de abrir la vía del duelo y la adultez, nos sume en una catástrofe subjetiva. Somos como niños que no saben qué hacer sin su objeto de deseo, anhelamos que la teta simbólica esté siempre presente. Si eso se desbarata, nuestra vida se hunde. ¿En serio? Pues por lo visto en serio.

Por todo esto me veo muchas veces defendiendo los fracasos, las derrotas y la tristeza. En ellos la pérdida se hace inevitablemente visible, se experimenta en profundidad. En ellos se abre la posibilidad de comprobar que no obtener lo que queremos no significa que la vida se termine o que la felicidad se disipe para no volver. Al contrario, los fracasos, las derrotas y la tristeza son los que pueden poner en su justo punto lo que es la felicidad: una orientación, una pausa, una distancia. No un objeto, nunca un objeto.

En los fracasos, las derrotas y la tristeza no sólo se abre esta posibilidad, sino que son una reivindicación de lo que somos: un vacío que a veces puede colorearse. Los fracasos tocan algo de la muerte y por eso nos enlazan con la vida. Son actos revolucionarios que nos devuelven tiempo, que nos sacan del ahogamiento entre un objeto y otro, que le dan a la pérdida su verdadero valor como medio para sostenernos y como vía de entrada al amor que, como decía Neruda, es lo único que nos salva de la vida.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma

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