Una lectura parcial sobre la culpa en el saber y en el amor


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La cuestión de la culpa es complicada porque, al igual que ocurre con todos los afectos o sentimientos, puede guiar y al mismo tiempo centrar la vista donde no es, es decir que también puede engañar o, mejor dicho, despistar.

No nos fiemos en exceso de los sentimientos, ya que como lo expresó escuetamente Lacan: senti-miento, es decir, el sentimiento miente. Todos salvo el sentimiento de angustia.

La culpa como sentimiento entonces puede adoptar diferentes declinaciones según lo que se esté tocando. Al igual que en una sinfonía, donde el tema principal va sufriendo variaciones en función del color emotivo y la intención del compositor, así la culpa (y en general todos los afectos) va adoptando variaciones en función de las circunstancias externas o internas y, más precisamente, según lo que esté realmente en juego.

Uno puede sentirse culpable por haber traicionado el deseo propio y haber cometido un acto contrario al que en el fondo desea.

Uno puede sentirse culpable por no alcanzar el ideal interiorizado que guía la imagen propia.

Uno puede sentirse culpable como una forma de sentirse poderoso, ya que si uno siente una culpa continua, puede estar diciendo que en el fondo considera que todo pasa a través de él, de su potencia multiplicada psíquicamente.

Uno puede sentirse culpable porque el control de lo incontrolable es demasiado fundamental para uno mismo, así la culpa es el producto de desear que no se escape nada de uno ni de los otros.

Uno puede sentirse culpable por cargar sobre sí mismo la falta, el defecto, el agujero, la incompletud, el hueco, de algo. Quiero centrarme en este último aspecto de la culpa, a pesar de que muchas veces esté entrelazado con las otras variantes mencionadas.

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Es difícil habitar el mundo humano ya que la mera existencia es dolorosa. Ese dolor de existir es causado porque todo lo humano está de entrada siempre roto, es decir, si algo es humano, lo es precisamente porque tiene siempre un agujero, una falta, un abismo.

La muestra más directa de la experiencia de ese agujero es justamente el deseo. Si deseamos algo, es porque sentimos que algo nos falta. Tratamos de paliar esa falta con diferentes objetos, personas o situaciones, pero al final la falta siempre se hace presente. Es por ello que la felicidad es más un equilibrio en cierto movimiento que el reposo absoluto con algo que míticamente pudiera apagar ese deseo de una vez para siempre.

Si la definición de algo como humano es que ese algo (o ese alguien) posee por definición un agujero, es decir, que está incompleto, entonces no sólo nosotros estamos en falta o incompletos, también lo está aquello en lo que nos sostenemos para vivir.

Lo que damos por sentado o por absoluto, lo que es tan evidente para nosotros debido a que su importancia es capital para orientarnos en el mundo y en la vida, también es precario; precariedad producida porque eso sobre lo que ciframos el equilibrio de nuestra psique y nuestra vida también anda cojo, roto, también está incompleto.

Suelo poner siempre el mismo ejemplo para ilustrar esta cuestión. La psique, esa extraña conjunción entre el cuerpo propio, íntimo, y el lenguaje externo que envuelve todas las cosas de este mundo, podría compararse a la casa que habitamos. Esa casa la hemos tenido que construir nosotros sin planos ni guías sobre un terreno desconocido y accidentado. Toda casa necesita una base, la cual viene dada por los cimientos. Evidentemente, cuanto más sólidos sean esos cimientos, mucho mejor, así la casa podrá soportar cualquier embate externo.

El problema es que los cimientos de nuestra psique son los más humanos del mundo, por lo que siempre tendrán un agujero en su interior. La estabilidad de la base, de los cimientos de nuestra psique, siempre es relativa. Por supuesto, hay cimientos más sólidos que otros pero eso no quita que siga existiendo esa debilidad, esa fractura que posee cualquier base humana sobre la que nos sostenemos. Por ello, cuando algún suceso en la vida golpea justo el agujero de nuestros cimientos, nuestra psique, nuestra subjetividad, corre el peligro de derrumbarse.

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Que corra el peligro de derrumbarse no quiere decir que necesariamente lo haga. Antes solemos poner en juego todo un arsenal interno para evitar el colapso. Esas armas son nuestras últimas defensas para impedir una catástrofe subjetiva. Una de esas armas puede consistir en que uno mismo asuma el agujero que está en los cimientos sobre los que se sustenta su subjetividad, su posición en el mundo.

Al hacer esto, añadimos a nuestra propia falta, a nuestro propio agujero, el agujero de aquello sobre lo que nos sostenemos. Al cargar sobre nuestras espaldas ese agujero que no es nuestro, nos hacemos responsables de él a pesar de no poder controlarlo ni de poder hacer nada para taparlo. Una consecuencia inmediata y muy común es la culpa.

Al haber asumido la responsabilidad del agujero de algo o de alguien, no podemos responder de ello a otro nivel que no sea el de la culpa, la degradación de uno mismo y el considerarse uno como en menos, en defecto, culpable de algo que no es suyo, pero que uno necesita para seguir sostenido en la vida.

Esta cuestión toma otro matiz cuando no sólo tenemos que hacernos cargo del agujero en los cimientos sino también del agujero que posee la persona que en esos momentos toma el lugar de nuestros cimientos. Voy a tratar de explicarlo con dos aspectos muy humanos: el saber y el amor.

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Es bastante común que uno construya sus cimientos subjetivos apoyado en el amor o en el saber. Esas bases, como cualquier otra donde una persona se sostiene (el poder, el odio, la ética, el deber…), tienen su propio agujero precisamente porque son humanas. No voy a entrar a explicar la teoría de todo eso porque puede ser bastante extenso, pero de forma simple puedo tratar de decir por qué el amor y el saber tienen un agujero, son incompletos.

El amor se inicia precisamente por la sensación subjetiva de que otra persona responde a nuestro deseo, es decir, se inicia desde la incompletud que nos habita. Al entrelazar mi deseo con el de otra persona a un nivel romántico me puedo sentir pleno, pero lo que en el fondo está en juego es de qué forma dos incompletudes se anudan y crean algo de la nada. Ahora bien, cuando el enamoramiento se desvanece, el amor permanece pero la incompletud también se hace muy presente. Además, el amor es algo que se puede perder, por lo tanto, al no estar nunca asegurado, tiene un agujero, es incompleto, ya que no se da de una vez para siempre.

Respecto al saber la cosa quizá sea más simple. Nunca se sabe todo. El saber y el conocimiento siempre están en construcción, sobre todo el propio. Por tanto, el saber siempre es incompleto y tiene su agujero, el cual no se llena por más que uno sepa, por más que uno se forme.

El amor y el saber son entonces dos bases, dos grandes y potentes cimientos pero que, al ser humanos, están incompletos, agujereados. Al hilo de esto voy a completar la analogía de los cimientos como la base de nuestra psique.

Hemos dicho que los cimientos sustentan la casa, así como las bases humanas sostienen nuestro psiquismo. Los cimientos están en un espacio determinado, es decir, los cimientos de la casa están en un lugar espacial propio y, por tanto, conforman en sí mismos un espacio, el espacio de los cimientos. En otras palabras, los cimientos además de sostener la casa son un lugar.

Las bases que sostienen nuestra psique y a nosotros mismos también podemos considerarlas un lugar, un lugar simbólico. Esas bases psíquicas, al ser lugares, colocan, ordenan, distribuyen nuestra visión del mundo, nuestros afectos y nuestra forma de situarnos. Como estamos situados en un lugar determinado, percibimos las cosas de una determinada forma. Si cambiáramos de lugar, probablemente las percibiríamos de otra manera. Sin embargo es extremadamente difícil cambiar de lugar (para eso está la terapia).

Si concebimos entonces el amor y el saber no tanto como realidades materiales o corporales sino como lugares, como espacios desde donde nos orientamos, tenemos una consecuencia fundamental, a saber, que como son lugares, pueden ser ocupados por personas, ya sea uno mismo u otros.

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Tenemos entonces el lugar del amor y el lugar del saber. Son lugares, espacios, donde nos sostenemos y desde donde entendemos el mundo y las relaciones. Ahora bien, esos lugares están incompletos, tienen un agujero. Ese agujero es el que intentamos no ver  porque genera mucha angustia. Así que vamos viviendo, estudiando, enamorándonos… La cosa marcha bien, no hay ningún problema grave, puesto que el agujero del amor y del saber se mantienen ocultos o, al menos, no provocan demasiada inquietud.

Pero como el amor y el saber son lugares, esos lugares deben ser ocupados por personas. Hasta cierto momento de nuestra historia, las personas que han ocupado esos lugares quizá han sabido responder bien, han sabido estar a la altura de lo que esperábamos de ellas. Sin embargo, puede ocurrir que en un momento determinado de la vida nos encontremos con profesores despiadados o con parejas difíciles.

Esas personas, cada una en su lugar (el profesor en el lugar del saber, la pareja en el lugar del amor), pueden golpear con toda la fuerza el punto de fractura de los nuestros cimientos. Estas personas que encarnan el saber y el amor, de repente no responden como deberían hacerlo y, por tanto, nuestras bases empiezan a resquebrajarse.

Antes de permitir que esas bases se rompan y nos aboquen a una angustia muy dolorosa, a nivel inconsciente, podemos tomar una decisión: cargar a nuestras espaldas el defecto, la incompletud, de ese profesor, de esa pareja para salvar precisamente lo que representan: el saber y el amor, que es justo donde nos sostenemos.

De esta forma, el cuestionamiento propio, la baja autoestima, la culpa incesante, la exigencia para poder estar a la altura de las circunstancias en estas situaciones se vuelve insoportable. Esta elección genera muchísimo sufrimiento, pero en el fondo es el mal menor.

Es mejor cargar en forma de culpa con la responsabilidad y los fallos de los otros que tener que quedarse sin el lugar donde nos sostenemos. Pero no olvidemos que cargamos esa responsabilidad (que no nos corresponde) en forma de culpa porque esas personas ocupan para nosotros en esos momentos el lugar del amor y el del saber, que son justo los lugares donde nuestra psique se sostiene.

La actuación de esa pareja o ese profesor ponen en evidencia que las bases donde nos sostenemos son humanas, es decir, falibles, incompletas. Al hacer presente el agujero de dichas bases en estas relaciones desafortunadas, los cimientos se tambalean. Como está en juego toda la casa (la psique, el lugar para sostenernos y entender el mundo y la vida), preferimos sufrir, cargar con el fallo de dichas personas antes de permitir que esos lugares colapsen, que se vengan abajo y ya no nos sirvan.

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Pero en este movimiento inconsciente, en esa decisión de elegir el mal menor, hay una confusión. No un error, eso no, ya que uno opta por lo que es más soportable dentro de lo insoportable.

¿Qué se confunde, cuál es la confusión? La confusión se establece entre el lugar y la persona que lo representa. La confusión es entre espacio o función y persona que lo encarna. La confusión es considerar, a nivel emocional, corporal, inconsciente, que la persona que ocupa el lugar, por el mero hecho de ocuparlo, es digna de él, responderá como corresponde y no cometerá errores.

Si hemos puesto a un profesor en el lugar del saber, para nosotros esa persona es ese lugar. Es decir, al menos en principio, el profesor es el saber como base, como sostén de nuestra psique.

Igual ocurre con el amor, se confunde la persona que representa ese lugar con el amor como espacio propio, simbólico. Así, confundimos a nuestra pareja con el amor en sí mismo, como lugar, como base propia.

Si la persona que encarna esa función de saber o de amor, si la persona que representa ese lugar es para nosotros (a nivel inconsciente) ese lugar mismo, esa función misma, es decir, si esa persona es EL SABER o EL AMOR, entonces hay un problema.

Resulta que esas personas que representan el saber y el amor no responden como deberían hacerlo según la idea que tenemos sobre el saber y sobre el amor. Pero además, como hay una confusión y se considera que la persona es el lugar, tenemos un problema grave, ya que si precisamente esos lugares (amor y saber) son las bases donde nos sostenemos, entonces esas bases tienen que ser lo más completas posibles, tienen que no mostrar su agujero, su falibilidad.

Sin embargo, esas bases son ocupadas por personas que no dan la talla, que no responden, que no son dignas de esos lugares. Por tanto, esas personas, al mostrarse incompletas e incapaces, hacen presente para nosotros el agujero de los cimientos donde nos sostenemos. Si confundimos lugar con persona que lo ocupa, entonces no nos queda más remedio que soportar sobre nosotros mismos los fallos, los excesos, los fracasos, los defectos, los errores de esas personas. ¿Por qué? Para salvar las bases, para salvar los lugares. La lógica sería esta:

 

Lugar simbólico (amor, saber) = base donde nos sostenemos.

Lugar simbólico (amor, saber) = persona que lo encarna.

 

Estos son los axiomas de los que parte el psiquismo. El desarrollo es el siguiente:

Si la persona que encarna el lugar simbólico falla, entonces no se cae sólo la persona que ocupa ese lugar, se cae la base entera, el lugar entero. Recordemos que persona y lugar están aquí completamente unidas, anudadas.

Si el lugar simbólico se cae por entero, nuestra subjetividad corre serio peligro, puesto que es nuestro ser mismo o nuestro cuerpo los que se derrumban.

¿Cómo se evita? Poniendo sobre nosotros mismos los fallos y los defectos de la persona que encarna el lugar simbólico del saber y del amor.

Si la persona que encarna el saber o el amor falla, entonces se cae la base que nos sostiene. Por tanto, hay que “salvar” a la persona que encarna el amor o el saber para mantener el lugar simbólico sin grietas. ¿Cómo se “salva”? Culpándose uno mismo.

Si uno es el culpable, entonces no lo es la persona que ocupa el lugar del amor o del saber.

Si dicha persona permanece para nosotros completa, sin falta, fallos o defectos, entonces los lugares del amor o del saber (donde nos sostenemos) mantienen su función de base, de sostén de nuestra psique.

Pero esta problemática de la culpa, que consiste en cargar sobre las propias espaldas los fallos de ciertas personas y hacernos sentir inferiores, incapaces y culpables, deriva de la confusión de igualar persona con lugar.

Es importante empezar a ver esa confusión porque es muy habitual y muy fácil confundir a la persona con el lugar que ocupa o, mejor dicho, con el lugar que le damos. Es muy fácil confundir a una pareja con la idea del amor, muy fácil confundir a un profesor o a una persona que habite cualquier discurso sobre el saber con la idea misma de saber. Ideas nucleares que a menudo nos sostienen.

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Desentrañar esa confusión, desanudar lugar y persona no es tarea fácil.

Uno sabe muy bien, en la entraña más íntima de su cuerpo, que separando lugar y persona se acaba renunciando a algo de uno mismo.

En el fondo uno sabe muy bien que estar curado de esa confusión tiene como consecuencia enfermar de inseguridad, de incertidumbre; pues haber interiorizado que una cosa es el lugar y otra la persona que lo ocupa, tiene como consecuencia inevitable no poder dejar de ver que las personas son falibles, al igual que uno mismo, que las personas son humanas, es decir, que siempre son proyectos nunca concluidos.

Pero el haber aclarado la confusión entre lugar y persona obliga a la vez a no dejar de ver que los lugares también están cojos, que sólo son ideales si nos exigimos una ceguera sobre su incompletud, pero que si no podemos dejar de verla, entonces los lugares sólo son pequeños asientos que están condenados a deshacerse. No son cimientos sólidos sino armazones provisionales. Y asusta mucho asumir que la vida, como sostenía Schopenhauer, sólo toma sustancia del caos, del sinsentido. Ahí tratamos de bracear nosotros. No por inseguro, no por incierto, debe obligatoriamente ser penoso. Toda belleza, toda felicidad, lo es por ser efímera y frágil.

Y así conquistamos un poco de libertad, que no es más que hacer acrobacias gráciles entre agujeros: el nuestro, el de los otros y el de los lugares.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo Ágalma.

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