El odio ciego de la ciencia 2


 

Introducción:

Hace unos meses se publicaba la noticia según la cual los Ministerios de Sanidad y de Ciencia empezaban a trabajar en un marco regulador más estricto concerniente a diferentes saberes al margen del método científico, lo que comúnmente se llaman pseudoterapias (pseudociencias), en el ámbito sanitario. La finalidad última es erradicar todos los métodos que no muestren una sólida evidencia científica.

Esta entrada es una reflexión para tratar de elucidar el aplastamiento que este posicionamiento férreo en el método científico puede implicar para el psicoanálisis, así como para pensar el descalabro que supone apropiarse del método científico en un saber que trabaja exclusivamente con la más pura subjetividad de la persona.

A raíz de la citada noticia empieza a notarse la alarma entre muchos profesionales de la psicología clínica y la psiquiatría que basan su marco teórico, sus intervenciones y su propio sustento en el psicoanálisis. La orientación académica dominante en las universidades y en los colegios profesionales es la – en teoría – más avalada por la ciencia: el marco cognitivo-conductual y las generaciones posteriores de “terapias” derivadas de él.

Por ello sólo basta dar un pequeño paso a partir del movimiento iniciado por los Ministerios de Sanidad y Ciencia para fundamentar la purga definitiva del psicoanálisis fuera de la salud mental. Una purga que viene avalada con toda la verdad y el poder de la ciencia junto al beneplácito del poder legislativo. Esto, en último término, significaría proscribir toda una rama del saber psíquico con más de cien años de evolución y que ha aportado nociones cruciales para comprender no sólo la subjetividad del ser humano, sino su marco social y cultural.

El Colegio Oficial de Psicólogos (COP) y las facultades de psicología se han caracterizado por no defender jamás ni a los psicólogos clínicos ni al psicoanálisis. Siempre justificándose en el abrazo de la ciencia, han trabajado para eliminar el P.I.R (formación de residencia de 4 años retribuida en los dispositivos de salud mental públicos, accesible sólo por oposición) y, por supuesto, para eliminar el psicoanálisis (impidiendo las acreditaciones en cursos con esta temática, dificultando su publicidad y su acceso y eliminándolo de la enseñanza universitaria en las facultades de psicología. Esto último me toca muy de cerca, puesto que mi tesis doctoral, de carácter exclusivamente clínico y de orientación psicoanalítica, no pude defenderla en la facultad de psicología y tuve que hacerlo en la facultad de filosofía, precisamente porque en la facultad de psicología se ha eliminado todo vestigio de psicoanálisis).

Es evidente que, como pasa siempre, a pesar de las bellas palabras y los nobles discursos que utilizan tanto el COP como las universidades para justificar su posicionamiento, en realidad de fondo siempre están el dinero y el poder. El poder de decidir qué saber es el adecuado, el accesible y en el que hay que formar a los profesionales para que sigan manteniendo el statu quo sociocultural. El dinero que recaudan de los miles de colegiados y del estado para sostener un profesorado que en su mediocridad no cuestione nada que pueda suponer un cambio. No obstante, aunque es necesario siempre explicitar estas cuestiones, esta entrada no está escrita para centrarse en estos motivos, sino en la propia episteme de la ciencia y del psicoanálisis.

I: Psicoanálisis y ciencia, unidos por una separación

Podríamos definir la ciencia como una vía de acceso al conocimiento que utiliza un método propio – el método científico – sustentado en la medición y el tratamiento de lo puramente objetivo. Para la ciencia entonces lo fundamental es el objeto, es decir, la objetividad. De hecho, el experimento científico ha de estar diseñado para eliminar cualquier atisbo de subjetividad. Si se contamina con la introducción de variables subjetivas, el experimento deja de ser científico, deja de ser válido. Para poder aplicar un método sobre lo objetivo por fuerza ha de establecerse una separación tajante entre objetividad y subjetividad, con el fin de eliminar o controlar esta última y poder centrarse en la objetividad.

Sólo con esta idea ya se atisba la problemática que rodea al campo de lo psíquico cuando este se apodera del método científico como la única vía de acceso para su elucidación. Lo psíquico es justamente el campo de la subjetividad absoluta, así que ¿cómo casar un método como el científico, el cual sólo tiene su campo de acción en el terreno de la objetividad, con el campo más subjetivo por antonomasia? La psicología académica ha elaborado numerosas tretas y un sinfín de parches para tratar de solucionar este escollo: el mal uso de la estadística, la ilusión de una metodología que cree controlar los errores subjetivos a través de la aleatorización, la terrible falacia de la psicometría (es vergonzoso que los métodos para elaborar los test psicológicos sean considerados no sólo verdaderos sino también objetivos), etc.

Con todas estas estrategias la psicología científica comienza a construirse mal ya desde los cimientos, puesto que, en lugar de adaptar el método al objeto de estudio, trata de adaptar el objeto de estudio al método. Es decir, en lugar de buscar o idear un método que pueda permitir el acceso al estudio del psiquismo, de la subjetividad, lo que se hace es tratar de meter como sea la subjetividad en la objetividad del método científico y si para eso hay que machacar la subjetividad, romperla o falsearla, no se duda un ápice en hacerlo. Las terribles consecuencias que esto tiene para las personas son más que aberrantes.

Este movimiento de la psicología académica para intentar hacer entrar a martillazos la subjetividad en el método científico, tornando lo subjetivo en objetivo, produce una eliminación de la subjetividad, del sujeto. Subrayo esto porque Lacan en su escrito La ciencia y la verdad sostiene que el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis es el sujeto de la ciencia.

Esto quiere decir que precisamente porque la ciencia excluye la subjetividad y expulsa al sujeto con el fin de acceder a lo puramente objetivo, el campo de lo subjetivo queda separado. El psicoanálisis entonces toma como objeto de estudio la subjetividad que la ciencia excluye.

Decir que el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis es el sujeto de la ciencia, supone asumir que el movimiento inaugural de la ciencia moderna (situado en Descartes) consiste en la separación radical entre sujeto y objeto. La ciencia no puede existir sin ese movimiento fundacional, ya que tiene que separar sujeto y objeto para centrarse en el objeto. Lo que antes de la ciencia estaba unido (sujeto-objeto), con la ciencia se separa (sujeto/objeto). Si la ciencia se dedica al objeto, ¿qué pasa con el sujeto? Que se expulsa. El campo del sujeto rechazado por la ciencia es, por tanto, de lo que se apropia el psicoanálisis.

Esto implica que justamente por la separación que opera la ciencia entre sujeto y objeto, el sujeto de la ciencia quede sin estudiarse, puesto que se expulsa. Si el psicoanálisis se apropia del sujeto de la ciencia (que queda excluido en el movimiento separador de la ciencia) como ámbito de estudio, se puede entender perfectamente la afirmación de Lacan: el sujeto de la ciencia es el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis.

La aparición de la ciencia con su movimiento de ruptura entre sujeto y objeto tiene como efecto la creación de dos campos antagónicos y, como consecuencia, la aparición de dos epistemes completamente distintas. Para el campo de lo objetivo el método científico funciona maravillosamente bien, porque es el método de la ciencia que sólo se centra en la objetividad. Pero ¿y para el campo de lo subjetivo? La ciencia lo excluye, así que no existe un método elaborado por la ciencia para dilucidar la subjetividad. Este marco epistémico de lo subjetivo es lo que va a abordar el psicoanálisis con el dispositivo analítico de la asociación libre.

Permanezcamos un poco más en las consecuencias del movimiento inaugural de la ciencia que separa sujeto y objeto. Si, tras esa separación, la ciencia se apropia del campo objetivo excluyendo la subjetividad, entonces sólo se puede hacer ciencia sobre los objetos, sobre la objetividad y usando además el método más adecuado para ello, el método científico. Esto implica que, si lo que se estudia es el campo de la subjetividad, en rigor no puede hablarse de ciencia. Todo aquel acercamiento al saber subjetivo no puede ser llamado ciencia. Es por ello que el propio Lacan, en la primera lección de su seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, no define al psicoanálisis como una ciencia, sino como una praxis, como una práctica. Precisamente porque Lacan está muy bien orientado y sabe que algo sólo puede ser ciencia si estudia lo objetivo con el método científico. El psicoanálisis es justo lo contrario, puesto que su campo de acción es la pura subjetividad.

Era necesario aclarar este fundamento tan básico de la separación que hace la ciencia entre sujeto y objeto y sus consecuencias, para explicitar una paradoja que el anhelo cientificista en el campo de lo psíquico ignora: el psicoanálisis no es una ciencia, pero es producto de la ciencia. El psicoanálisis no es una ciencia, pero es una consecuencia necesaria de la ciencia, un efecto de la ciencia. Al separar el sujeto y el objeto, crear dos epistemes (la objetividad y la subjetividad) y apropiarse de una de ellas (la objetividad), la ciencia produce el campo de la subjetividad, el cual excluye. La ciencia, al hacer existir ese campo e ignorarlo, provoca que el psicoanálisis nazca para dar cuenta de él. Por tanto, sin la ciencia no existiría el campo puro de la subjetividad; sin la ciencia el psicoanálisis no hubiera podido advenir y tomar bajo su cargo lo subjetivo, que es lo que ciencia desecha.

El psicoanálisis, por ende, es la contracara de la ciencia, su reverso.

Ahora las poderosas voces dentro del campo de lo psíquico que afirman basarse en la ciencia, debido a la declaración de los Ministerios de Sanidad y Ciencia, sienten creerse aún más legitimadas para dar carpetazo de una vez al psicoanálisis, a su reverso. Al no tener esto en cuenta, los popes academicistas del COP y las universidades actúan como el ingenuo que cree que un problema desaparecerá simplemente expulsándolo de su conciencia, dejando de pensar en él. Habrá que ver qué ocurre cuando uno trata de elidir la otra cara de su ser, la cara invisible que precisamente sostiene la cara visible.

II: Del conocimiento basado no en la razón sino en la sumisión

Hay una viñeta maravillosa que circula por Facebook que siempre me ha encantado. El texto reza “¿El psicoanálisis es una ciencia? ¿Por qué nos preguntamos esto?”. Lo genial de esta viñeta es la segunda pregunta: ¿por qué nos preguntamos si el psicoanálisis es una ciencia? Esta pregunta encierra gran parte del núcleo que el movimiento de los Ministerios de Educación y Ciencia están provocando, así como las reacciones al mismo que están empezando a aparecer.

Si ahora nos vemos en la tesitura de interrogarnos si el psicoanálisis es una ciencia (que no lo es), o si podría convertirse en una ciencia (que tampoco), es porque entra en juego otro tipo de poder que no estaba tan presente antes de la declaración ministerial. Hablo del poder legal.

Antes de la declaración ministerial, el poder que se jugaba entre las filas de los cientificistas y los psicoanalistas era el poder de la verdad, por así llamarlo. Era el poder de sostener qué episteme era la más adecuada para dar cuenta del campo psíquico, si la científica objetiva o la subjetiva psicoanalítica. Era el poder de establecer cuál de ellas daba el acceso más verdadero al campo psíquico.

Ahora, después de la declaración ministerial, se ha introducido el poder legal, el poder de establecer por ordenanzas o leyes estatales un único tipo de acceso al campo psíquico o, en otras palabras, se ha introducido el poder legal para afirmar como verdadero exclusivamente el campo de lo objetivo, el campo visible de la ciencia.

Esto es lo verdaderamente peligroso: la injerencia a través del aparato del estado en lo que ha de considerarse un conocimiento verdadero y, por tanto, el único conocimiento accesible, distribuible y que debe ser aceptado no ya por evidencias clínicas o razones epistemológicas, sino por ley, sin cuestionamientos.

La consecuencia que está en el horizonte es hermanar con el delito o el desorden social el conocimiento que no se ajuste a lo dictado por la legalidad que apoya a la ciencia sin preguntarse nada. Es verdaderamente terrible la mutilación sobre la libertad y sobre el campo clínico que esta declaración ministerial puede traer consigo.

Para comprender el alcance total que supone este movimiento de los ministerios, hay que esclarecer algunas cuestiones que responderían a la pregunta ¿cómo hemos llegado a esto? Se debe responder a esta pregunta desde una perspectiva más profunda y completa que la que sostendría que hemos llegado a esto porque la ciencia ha mostrado ser el auténtico conocimiento verdadero. Para empezar, ¿es esto realmente así?

Paul K. Feyerabend fue un brillante filósofo de la ciencia y epistemólogo cuya obra más famosa es Tratado contra el método, precisamente una refutación y un cuestionamiento del Discurso del método de Descartes, el artífice del movimiento fundador de la ciencia que separa sujeto y objeto.

Feyerabend acuñó el término anarquismo epistemológico para sostener que el acceso a lo verdadero en el conocimiento no se produce únicamente por un solo método, como sería el caso del método científico, sino que existen multitud de métodos que proporcionan el acceso a un conocimiento verdadero. Dependiendo de qué queramos saber, cuál sea el objeto de nuestro conocimiento, habrá métodos más afinados que otros y, por tanto, producirán un acceso más verdadero a ese objeto de conocimiento que otros que valen para otros objetos de estudio distintos.

Entonces, ¿cómo es que se ha instituido que el método científico es el único método que, universalmente, proporciona un conocimiento verdadero?  No es fácil responder a una pregunta tan compleja, pero podemos dar algunas pinceladas para dilucidarlo mínimamente. Pinceladas, por cierto, que la ciencia no puede ver, puesto que son propias del campo de la subjetividad y de las relaciones socioculturales entre las personas.

Hay que comenzar diciendo que el avance de la ciencia, pero también – y no en menor medida – a causa del psicoanálisis y la filosofía, ha destronado los puntales simbólicos tradicionales donde se sostenía la verdad, puntales como la religión o la ética inmutable de las leyes morales. Al destruir los representantes que ocupaban el lugar tradicional de la verdad, queda un vacío en ese lugar. Ese vacío es ocupado por la propia ciencia y, por eso, en no pocas ocasiones la ciencia viene a ser la nueva religión. El lugar tradicional de la verdad está vestido con los ropajes de la ciencia y es el primer paso para entender por qué el conocimiento científico actualmente tiende a ser considerado el único verdadero.

La ciencia se ajusta muy bien al lugar de la verdad que antes ocupaban la religión o la ética porque comparte una característica esencial de estas: su tendencia a la universalización.

Efectivamente, la religión o la ética pretendían esclarecer verdades universales, para todos en todos los casos. Precisamente, una de las características de la objetividad es la universalidad. Si algo es objetivo, es, por eso mismo, universal. Al apropiarse del campo de la objetividad, la ciencia también se está apropiando del campo de lo universal. Esta es una de las diferencias más tajantes con el psicoanálisis.

El campo del psicoanálisis es la subjetividad y, por eso mismo, la subjetividad siempre es particular, no es universalizable ni generalizable. Por eso en psicoanálisis se estudia caso por caso, porque ningún conjunto de casos, por numeroso que este sea, puede dar cuenta de un universal. La propia definición de subjetividad acota el campo a lo particular. Nadie tiene el mismo cuerpo, la misma historia, las mismas marcas de satisfacción, las mismas palabras enredadas en la carne. El síntoma psíquico de una persona, aunque sea fenomenológicamente el mismo que el de otras, no está sostenido por la misma lógica ni por la misma función que el síntoma de otra persona.

No puedo resistirme a indicar una consecuencia de esta diferencia que lo objetivo y lo subjetivo producen, por su adscripción a lo universal y a lo particular respectivamente, en relación a la episteme, a la concepción del saber que cada uno proporciona.

Como lo objetivo es universal, la ciencia tiende a suponer que el conocimiento está ahí, en los objetos, y se trata simplemente de descubrirlo, sacar a la luz lo que ya está presente pero oculto. Por eso la ciencia cree que, cuando alcanza algo de ese conocimiento que ya está presente pero que hasta ese momento permanecía velado, dicho conocimiento automáticamente se eleva a la categoría de lo universal. Es válido para todos los objetos sobre los que se ha desvelado el conocimiento. Por ejemplo, si en varios cerebros de personas con esquizofrenia se observa que los ventrículos cerebrales son de mayor tamaño y mediante estadística se demuestra un tamaño del efecto significativo, entonces se concluye que la causa de la esquizofrenia es un aumento de los ventrículos cerebrales. Esa es la causa para todas las personas que padecen esquizofrenia, sin excepción. Se ha desvelado algo del conocimiento que ya estaba en el cerebro pero que no se había visto e inmediatamente se universaliza.

Por el contrario, la subjetividad no puede escapar de lo particular. En relación al conocimiento esto tiene una consecuencia fascinante. Si no se puede universalizar, significa que el conocimiento no está presente en el objeto, no está oculto en él y, por tanto, no se trata de descubrirlo. No, el conocimiento no está en ninguna parte y, si aparece, es porque se ha construido de forma particular, subjetiva. En este sentido, por ejemplo, que una persona que padezca esquizofrenia se haya desencadenado por acceder a la paternidad no implica que en todas las personas con esquizofrenia esta aparezca cuando sean padres, a otra le puede dar la cara cuando asciende en el trabajo, cuando fallece su madre o cuando tiene una relación sexual. Al no poder ser universalizable, el conocimiento tiene que ser construido a partir del caso particular para ese caso particular.

Por tanto, la ciencia objetiva tendente a la universalización concibe el conocimiento como algo que está ya ahí y hay que descubrir; cuando se descubra se aplicará a todos los objetos del mismo tipo que los que estudia. El psicoanálisis subjetivo y particular por su parte, concibe el conocimiento no como algo que ya está y que hay que descubrir, sino como algo que se construye en la elucidación del caso particular. De estas dos vertientes ¿cuál es la que armoniza mejor con la libertad?, ¿cuál permite a la libertad desplegarse sin fisuras? Obviamente, la concepción del conocimiento como construcción. Si el conocimiento no está dado, puedo construirlo, maniobrar sobre él y liberarme de cadenas que ni siquiera sabía que tenía, pero que, sin embargo, padecía.

El carácter universal de la objetividad del que se apropia la ciencia crea un ideal colectivo muy apetecible por dos características: que el conocimiento completo y definitivo puede ser encontrado y que ese conocimiento será válido para todos para siempre. Este ideal tranquiliza muchísimo. Creer que el dolor de existir puede ser descifrado en su totalidad a través de la ciencia y, por tanto, puede ser resuelto definitivamente mediante alguna técnica, terapia o fármaco, junto con la idea de que esa solución será aplicable para todo tipo de sufrimiento en cualquier persona, anestesia la angustia que las circunstancias vitales y el propio cuerpo otorgan de por sí a los humanos.

En la entrada anterior de nuestro blog hablé de los ideales, de su función y de lo que ocultan. El ideal que fabrica la ciencia no está exento de esas propiedades, entre ellas la de llenar un vacío y la de producir efectos de identificación. Volveré sobre alguna consecuencia que produce esta identificación con el ideal de la ciencia un poco más adelante. Por ahora basta con decir que, con la fabricación del ideal del conocimiento completo y universal, la ciencia da un paso más para coronarse a sí misma como el único conocimiento verdadero En efecto, no es poca cosa asociarse un ideal de este tipo, puesto que la ilusión de una solución total y universal es tan deseable que la mera posibilidad de que pueda ser verdad deslumbra cegadoramente.

A todo lo explicado hay que añadir la fuerza que los efectos de una de las ramas derivadas de la ciencia, posee en la actualidad. Me refiero a la tecnología y a los objetos que esta produce. Los avances tecnológicos no sólo crean objetos universalmente usados por todos (desde los ordenadores y los móviles, hasta las máquinas de resonancia magnética o los aviones), reforzando ese carácter universal y ese ideal de completud propios de la ciencia, sino que estos avances tecnológicos se emparentan con el funcionamiento del capitalismo.

La tecnología proporciona ingentes beneficios económicos y no hay tecnología sin ciencia (al menos en principio, cosa que para mí no está tan clara). La potencia del poder económico se une a la potencia de la objetividad universalizadora, sosteniéndola, reforzándola y ampliándola. He aquí otro paso más para que la ciencia tienda a considerarse el único conocimiento verdadero, puesto que produce efectos en otras áreas distintas, como la económica y la social, efectos visibles y bien atribuibles a la ciencia. Dichos efectos contribuyen a engrosar la pátina ilusoria de que lo único verdadero es lo científico.

Con todo este bagaje (la destrucción de los representantes simbólicos que ocupaban el lugar de la verdad y que ahora habita la ciencia, su tendencia a la universalización, la fabricación del ideal completo y total, el hermanamiento con otros poderes distintos) que aúpa a la ciencia al lugar del único conocimiento verdadero, tenemos el caldo de cultivo idóneo para el aditamento de la legalidad, representado en este caso por la declaración ministerial.

Una vez establecida la ciencia – falsamente – como único conocimiento verdadero, con todo el poder que ese lugar proporciona, el estado se suma al carro. El poder llama al poder, podríamos decir parafraseando el dicho de que el dinero llama al dinero. Son considerables las ventajas que para el poder estatal se derivan del apoyo total a la ciencia, pues el poder estatal se ve reforzado por la verdad del conocimiento, se contagia del brillo del ideal de la ciencia.

Pero más importante me parecen las ventajas (y las consecuencias) que la ciencia obtiene del poder estatal. Descollando sobre todas ellas la de contar con el apoyo de la legalidad. Si la ciencia es por ley, el acceso a otros objetos de estudio completamente necesarios para el conocimiento queda cercenado, puesto que esos objetos de estudio necesitan para su mejor comprensión un método diferente al científico. Lo que en apariencia es un avance para el conocimiento (un estado que apoya sin fisuras y descaradamente a la ciencia), en realidad es un estancamiento, pues otras áreas del conocimiento quedan invisibilizadas e inaccesibles.

Es justo todo lo contrario de lo que defiende Edgar Morin con su trabajo sobre el pensamiento complejo, donde un objeto de estudio lleva a otro completamente distinto, precisamente porque el conocimiento está enlazado y no se puede parcelar en secciones consideradas unas verdaderas y otras falsas. La economía acaba tocando la psicología, la biología acaricia la sociología, la física roza la antropología, la literatura abraza la química, etc.

Además, si la ciencia es por ley, el conocimiento ya no se produce por cuestionamiento, por lógica o por razonamiento, sino por sumisión. Y un conocimiento por sumisión no es ciencia, sino dogma. Si la ciencia es por ley, la ciencia se convierte en aquello contra lo que se revolvió en sus comienzos, se convierte en lo que trataba de combatir, se convierte en dogma, en doctrina fuera de todo cuestionamiento, puesto que la ley así se lo permite. Cuando la ley entra en el tablero, produce ese efecto en el conocimiento.

Los academicistas del campo psíquico que tienen sueños húmedos con la ciencia, que desean lúbricamente un fornicio interminable con el método científico, no saben lo que sus acciones van a provocarles a ellos mismos: el sometimiento no sólo de las personas que padecen sus malas artes, sino el suyo propio. No pueden ver que, si permiten la injerencia de la ley estatal en el conocimiento, no se vuelven amos, sino esclavos de algo que ya no es ciencia, sino dogma petrificado.

III: El odio

He mencionado hace poco el ideal que fabrica la ciencia. Un ideal donde el conocimiento completo del psiquismo y su funcionamiento sería accesible y, además ya estaríamos muy cerca de eso. Un ideal que promete que, por acceder al conocimiento absoluto del psiquismo, podrá aliviar el sufrimiento vital de cualquier tipo que sea en cualquier persona que lo padezca. La llave de este ideal es el método científico.

Este, como cualquier otro ideal, produce efectos de identificación en las personas que lo asumen o lo interiorizan. Esto se debe a que el ideal viene a llenar el vacío de ser de la persona. Le da un ser y eso es lo que permite que alguien pueda identificarse. Además, el ideal permite a la persona un acceso a la satisfacción de su pulsión de una forma velada, sin entrar en conflicto con sus valores conscientes. Estas dos características del ideal, a la vez que pacifican y tranquilizan, portan el germen del odio.

Por el lado de la identificación, si algo o alguien provoca una brecha en el ideal que uno sostiene, el odio hacia quien ha provocado esa brecha suele ser una respuesta bastante habitual.

El ideal, por su propia definición, siempre es completo, sin vacíos ni huecos, sin fallos ni defectos. Tiene que serlo precisamente porque uno sólo se puede identificar a algo completo y que no esté agujereado, ya que lo que tiene que tapar es un agujero, el agujero de que en el humano falta ser. Ese agujero sólo puede ser tapado con algo que no posea ningún agujero. Por ejemplo, una imagen, pero también un ideal.

Esa completud del ideal envuelve el agujero de la falta en ser de la persona y, en ese envolvimiento, la persona se identifica con el ideal. Se da un ser con él. Ya hay una base, ya hay un punto de referencia, ya puedo decir qué soy yo o, al menos, qué es lo que quiero ser (que es una forma de ser).

Como comenté en nuestra anterior entrada, los ideales son ilusorios (aunque sean necesarios) porque no hacen desaparecer la falta de ser de la persona, sólo la velan. La carencia de ser siempre es existente y siempre está dispuesta a dar la cara a pesar de que haya firmes ideales o la imagen del cuerpo esté bien asegurada, como observan los psicoanalistas en lo que ellos llaman “fenómenos de división subjetiva” (momentos en los que el sentido queda en suspenso y la persona experimenta despersonalizaciones, desrealizaciones u otros fenómenos estructuralmente similares).

Como la falta de ser siempre está presente, las personas necesitan asegurarse continuamente de que el velo de la imagen o de los ideales funcionan bien. Comprueban todo el rato que sus ideales son los únicos y los mejores y examinan que siguen sin agujeros, porque si aparece una brecha en ellos, la consecuencia es percibir que en el fondo siempre falta el ser, siempre hay un vacío, lo cual conduce a la caída del ideal. Y la caída del ideal hace inevitable a la vista de la persona su propio vacío de ser, cosa bien insoportable y angustiosa si uno no es capaz de subjetivarlo mínimamente.

Por eso, si algo hace brecha en el ideal, el odio suele ser una respuesta habitual contra lo que ha provocado esa brecha. Uno no se va a cuestionar su ideal fácilmente. No se va a cuestionar por qué el ideal ha sido incapaz de resistir algo que le ha hecho brecha. Por el contrario, uno va a cuestionar a quien ha tenido la imprudencia de arañar el propio ideal y va a ir con todas sus fuerzas, con todo su odio y con toda su rabia.

Se hace este movimiento de odio hacia lo que provoca la brecha en el ideal porque se cree ingenuamente que, si desaparece lo que hace la brecha, desaparecerá también la brecha. Obviamente, esto nunca es así. Aunque desaparezca quien ha provocado la brecha, aunque se le acabe destruyendo, la brecha permanece o, al menos, permanece la marca de la brecha. El vacío de la falta en ser se hace más perceptible a partir de entonces, aunque lo que haya provocado la brecha se haya destruido y la brecha se haya suturado.

Estas nociones son aplicables a lo que ocurre con el ideal de la ciencia y el psicoanálisis.

Cuando estaba en mi primer año de residencia, le pregunté a mi supervisora (de orientación lacaniana) por qué la ciencia tenía ese odio al psicoanálisis, por qué lo despreciaba tanto y trataba de suprimirlo cuando el psicoanálisis explicaba muy bien el sufrimiento humano que a la ciencia se le escapaba. Ella me dio una respuesta muy concisa y certera de la que entonces no supe sacar todas sus consecuencias. Me dijo “porque el psicoanálisis hace agujeros en todos los discursos, incluso en el psicoanálisis mismo”.

El psicoanálisis hace agujeros en los discursos porque el psicoanálisis hace agujeros en lo que sustenta los discursos, es decir, en los ideales que los producen y los alimentan. Si el psicoanálisis hace agujeros en los ideales, particularmente en el de la ciencia, ya podemos entender algo del odio tan feroz que los cientificistas profesan al psicoanálisis, pues les hace brecha en el ideal que les da ser y sentido. El psicoanálisis descompleta su ideal, y los cientificistas, en vez de preguntarse por qué el psicoanálisis ha producido eso en su ideal, prefieren ir con todas sus armas contra él. En vez de preguntarse por qué ha ocurrido eso (procedimiento que en teoría la ciencia defiende que hay que hacer), surge el odio que quiere destruir al psicoanálisis, aplastarlo. Los muy idiotas creen que destruyendo al psicoanálisis desaparecerá la brecha que este ha abierto en el ideal científico. El problema es que ahora cuentan también con el poder estatal y con la ley. Lo cual es terrible.

Pero ¿por qué el psicoanálisis hace agujeros al ideal científico? Porque la particularidad a la que aboca la subjetividad es todo lo contrario de la universalidad objetiva.

Cuando explicaba las diferentes formas de entender el conocimiento desde la objetividad y la subjetividad, decía que desde la objetividad de la ciencia se entendía el saber como algo que estaba en el objeto y había que descubrir, universalizando el descubrimiento para todos los objetos cuando este se produjera. Mientras que del lado de la subjetividad se entendía que el saber no estaba en el objeto, sino que se construía a la vez que se construía el caso particular, por lo que ese saber no era universalizable, sólo era válido para ese caso particular.

Estas dos formas de entender el conocimiento llevan a caminos diferentes. La forma objetiva de entender el conocimiento como algo que ya está ahí, ayuda a fabricar el ideal del conocimiento completo: si el conocimiento en su totalidad está ahí y sólo hay que descubrirlo, lo único que hay que hacer es tener paciencia, aprender de los errores, afinar el método y se accederá a la totalidad del conocimiento en algún momento. Como ese conocimiento total será objetivo, podremos universalizarlo, aplicarlo a todos los objetos de nuestro campo de estudio.

Sin embargo, la forma subjetiva de entender el conocimiento está diciendo que no existe el conocimiento completo. Al no existir el conocimiento en el objeto, sino que se construye en la subjetividad del caso particular, nunca podremos acceder a ningún conocimiento completo, sólo a casos particulares que nos darán matices, nuevas formas de comprensión, saberes más precisos, pero nunca podremos generalizarlo a todos los objetos de nuestro campo de estudio. Por muchos casos que estudiemos, por muy afinado que sea nuestro método y por mucho que aprendamos de nuestros errores, siempre vamos a tener que construir el conocimiento y siempre va a ser particular, siempre va a faltar la totalidad.

Por lo tanto, el enfoque subjetivo del psicoanálisis hace agujeros al ideal de la ciencia. No existe el conocimiento total de algo y, cuando existe, no se puede generalizar a los demás miembros de la especie. Es decir, el ideal de la ciencia de acceder a la clave absoluta del sufrimiento psíquico y poder aplicarla a todos los sufrimientos en todas las personas, es eso: un ideal, una ilusión, no una verdad.

Esto es lo que muestra el psicoanálisis, esto es lo que hace agujeros a la ciencia y esto es lo que, por una parte, despierta el odio de los cientificistas, quienes no cuestionan la ilusión de su ideal, sino que cargan a ciegas contra el psicoanálisis, pidiendo su destrucción, cuando en el fondo lo que están pidiendo es que se mantenga puro el ideal con el que se identifican, que les da sentido y ser a su práctica y a su existencia.

No obstante, el odio de la ciencia tiene otro origen relacionado con su ideal y su necesidad de mantenerlo sin agujeros. Esta segunda rama del odio tiene que ver con la pulsión.

Vuelvo a recordar que el ideal interiorizado en las personas tiene la función de permitir el acceso a la satisfacción de su pulsión sin que esta entre en conflicto con su conciencia. En otras palabras, el ideal permite la satisfacción de la pulsión sin que esta satisfacción haga sufrir, ya que la presencia del ideal la tapa, la vela o la justifica con los mejores motivos.

Creo que algo de la pulsión en relación con la ciencia tiene que ver con la subyugación y la dominación de los otros. No es casual que, además de la tendencia a la universalización, la ciencia aspire a la predicción y el control de todo lo que estudia. En este sentido, podemos pensar que el goce de la ciencia se declina en la partitura del poder.

Si el goce está cifrado en el poder, entonces se trata de alcanzar el poder por el poder mismo. Es decir, cuando un objeto se engancha a la pulsión, la persona tiende a dicho objeto por el objeto mismo, sólo por la satisfacción que obtiene del objeto y no por los motivos que se aducen como justificación. Por ejemplo, si una persona encuentra la satisfacción de la pulsión en la contemplación del cuerpo desnudo y se entera de que hay una exposición de arte y pornografía, obviamente querrá acudir. Pero no va a decir que acude sólo porque goza de ver cuantos más desnudos mejor, sino que lo justificará diciendo lo importante que es aprender sobre el entrelazamiento del arte y la pornografía, o diciendo que el cuerpo desnudo en el arte ha tenido una función capital y no se puede entender el arte sin el desnudo, o diversos motivos que esquivan lo que está en el núcleo: que uno quiere ver cuerpos desnudos porque goza de eso y ya está.

Si el goce de la ciencia está ligado al poder, entonces la ciencia tiende al poder por el poder mismo, aunque lo justifique velando esta cuestión crucial y afirmando necedades respecto al conocimiento verdadero, a la maravilla de predecir y evitar catástrofes, etc.

Si hemos dicho que el ideal tiene la función de permitir el acceso a la satisfacción del goce sin que haya sufrimiento, podemos entender que las justificaciones de la ciencia para tender al poder y al control vengan derivadas del ideal. La ciencia desconoce que tiende al poder por el poder mismo porque tiene un ideal que lo tapa y le proporciona justificaciones verdaderas, legítimas y comprensibles.

El ideal de completud y absolutización de la ciencia permite que los cientificistas accedan a satisfacer su goce de poder sin cargo de conciencia y, además, justificándolo por el bien mayor y por el bien común.

Si en el ideal de la ciencia se abre una brecha, no sólo se pone en evidencia el vacío de ser que habita a quienes la practican sin cuestionamientos, sino que además pone a vista abierta el goce del poder que sostiene dicho ideal. En otras palabras, a las personas que gozan de ese poder se les hace más difícil encontrar buenos motivos que lo justifiquen y, entonces, encuentran obstáculos para seguir satisfaciéndolo. Si pasa esto, el odio vuelve a ser una respuesta bastante habitual.

Pensemos en el niño al que le quitamos el chupete en pleno chupeteo, el llanto enfadado sale disparado como un puñetazo. Pensemos en el adolescente al que le cortamos la luz cuando está con los videojuegos, el enfado y la rabia aparecen sin velos ni paliativos. Pensemos en el adulto que está a punto de tener un orgasmo con su pareja y esta le corta el rollo por alguna razón, no son precisamente sonrisas lo que aparece.

Cuando a alguien se le corta el acceso al objeto de su goce, el odio contra quien ha hecho eso siempre es una opción bastante plausible. Si el psicoanálisis hace agujeros al ideal de la ciencia, está produciendo en los cientificistas la visión del goce del poder al que tienden, pero del que no quieren saber nada y, además, les está quitando las justificaciones que les permiten acceder a este goce. Así que, en última instancia, el psicoanálisis está impidiendo que se goce del poder, les está impidiendo el acceso al objeto de la pulsión. Ahí es donde se despliega el odio con toda su fuerza.

Además, existe otra dimensión del odio asociada a la pulsión y al ideal que permite el acceso a su satisfacción sin sufrimiento. Es la que tiene que ver con lo insoportable de la otredad, con lo insoportable de lo distinto, de lo diferente.

El ideal permite el acceso al goce sin que la persona sufra, de acuerdo, pero ese permiso sólo es válido para un tipo de goce, para un tipo de satisfacción. Ese permiso no se extiende para todas las formas de goce posibles. En parte por eso las personas tienen ideales diferentes, porque tienen formas de goce distintas. Los ideales permiten una forma de goce concreta, pero condenan todas las demás.

Las formas de goce distintas a las permitidas por el ideal ponen en cuestión ese ideal. ¿Cómo es que está permitida mi forma de goce, pero no la de otro? ¿En el fondo no es lo mismo de lo que se trata, de goce? Sí, pero si permito la forma de satisfacción del otro, puedo hacer evidente mi propia forma de satisfacción y, precisamente, el ideal funciona cuando la forma de satisfacción no es evidente, cuando accedo a ella, pero no me entero de que lo hago, por eso no sufro. Si permito la del otro, entonces a lo mejor la mía se hace demasiado visible y eso no me gusta nada, porque entonces sufro mucho al ver lo que realmente quiero: el goce por el goce y no por buenos motivos o ideales.

Una de las consecuencias del ideal es el odio a lo diferente, precisamente para preservase a sí mismo. Si lo distinto entra en el juego, el ideal ya no es útil. El ideal tiene que mantener todo de la misma forma para que pueda funcionar permitiendo el acceso al goce sin sufrimiento, así que la forma de goce que defiende el ideal tiene que ser la misma para todos: todos tienen que satisfacerse de la misma manera para poder ser reconocidos como individuos por el ideal (obsérvese que la universalización vuelve a estar presente).

Pensemos en los enfrentamientos que se dan entre los ultras de distintos equipos de fútbol, o entre personas con diferentes ideas políticas, o entre personas con distintas religiones, o entre personas con distintas costumbres culturales. Los enfrentamientos surgen porque el ideal que comanda el goce sólo permite una única forma de satisfacción, si hay satisfacciones distintas, el ideal se pone en peligro y, por eso, hay que destruirlas.

En esta línea, el ideal de la ciencia odia todo lo diferente. Todas las formas distintas de acceso al conocimiento que se desvíen del método científico son peligrosas, porque van a poner en cuestión el ideal de la ciencia y van a hacer visible el goce del poder que está en la base. Por eso deben ser destruidas. Por eso el psicoanálisis debe ser aplastado, proscrito, olvidado y encarcelado. El psicoanálisis es la pura diferencia, lo particular, lo subjetivo, lo incompleto, lo que hace peligrar los ideales, lo que pone al descubierto las satisfacciones que están en la base de todos los discursos de poder y de saber.

En el fondo no se trata de destruir al psicoanálisis porque sea falso (al contrario, sus verdades han impulsado muchísimo el conocimiento de distintas disciplinas), sino porque es peligroso. No se trata de aplastar al psicoanálisis porque sea inútil, sino porque hace evidente lo que tiene que permanecer oculto para que el funcionamiento siga sin cuestionamientos, para que todo permanezca de la misma manera.

A modo de epílogo

Es evidente que todas estas cuestiones que estoy desmenuzando aquí son en su mayor parte invisibles al discurso de la ciencia, precisamente porque este abandona el campo de lo subjetivo en favor de lo objetivo y porque sostiene un ideal que cierra sus ojos a lo que lo sostiene. Por eso el odio de la ciencia hacia otras formas de acceder al conocimiento tiene que ver con esta ceguera fundamental y por eso su odio es tan ciego.

Edgar Morin en su Introducción al pensamiento complejo afirma que la ciencia sin ética y la ciencia que no se deja sembrar por otros saberes, la ciencia que elimina otras formas de conocimiento, se convierte en ciega, y un avance continuo a ciegas es algo peligrosísimo. Imaginemos a un conductor que lleva su coche con los ojos vendados a 150 km/h.

Pero, además, el aplastamiento contra el psicoanálisis que se realiza desde el cientificismo de lo psíquico tampoco tiene en cuenta que el psicoanálisis es el reverso de la ciencia, que es una consecuencia de la aparición de la ciencia. El psicoanálisis ha tomado el lugar del reverso de la ciencia porque la ciencia hizo existir la subjetividad y la abandonó al centrarse sólo en lo objetivo. Sin embargo, lo objetivo no se puede sostener sin la existencia de lo subjetivo.

Aplastar lo subjetivo, aplastar el psicoanálisis, es aplastar una de las partes fundantes de la ciencia, es aplastar una parte nuclear de la esencia de la ciencia como campo de conocimiento. Aplastar lo subjetivo es aplastar el punto de apoyo sin el cual lo objetivo no podría existir. Por eso no me parece descabellado que, si se lograra aplastar al psicoanálisis y a la subjetividad – cosa harto difícil a pesar de los intentos cientificistas y de su alianza con el estado -, la consecuencia sería también el hundimiento de los cimientos de la ciencia. Aplastando la subjetividad, la ciencia se aplasta ella misma.

No hay ningún problema en que la ciencia se dedique al estudio de lo objetivo, sus avances son incuestionables. Pero para su propia supervivencia va a tener que aprender a seguir dejando expulsada a la subjetividad sin meterse en ella, ya que, si no lo hace, las consecuencias para sí misma serán devastadoras – al menos desde el punto de vista epistémico – y estas consecuencias no van a dejar de tener efectos en la realidad objetiva de las personas.

Al margen ya de la epistemología, los que defendemos la subjetividad no vamos a estar calladitos ni sumisos. Ante los aplastamientos a veces sólo cabe como defensa un ataque ensordecedor desde todos los frentes. El frente epistemológico es uno (y creo que de los más importantes porque se necesita saber de dónde viene la ceguera de la ciencia y de su odio), pero no es el único. El frente de la clínica, el frente de las asociaciones de psicoanalistas, el frente de las personas que se han beneficiado en su vida de la práctica del psicoanálisis, el frente de la docencia, todos ellos han de ser movilizados. Porque ya no se trata de una cuestión teórica sobre la episteme, ahora el estado quiere también meter las narices en algo que no le ha concernido jamás, aunque ahora el estado lo necesita. Un estado científico es, como todos los estados, un estado sumiso.

El odio ciego e ignorante de la ciencia nos vuelve a enseñar que siempre es más fácil odiar que pensar. Por la supervivencia de la propia ciencia y de la subjetividad que ella funda, es obligado combatir el odio con la razón, aunque la razón sea siempre particular e incompleta. Hay que recordarle a la ciencia sus fundamentos para no caer en el odio ciego de los ignorantes que, además, son los que suelen estar siempre en las posiciones de poder.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo de Ágalma


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2 ideas sobre “El odio ciego de la ciencia

  • Juanfra Vázquez

    Gracias, esta entrada me ha sido muy útil.

    Me habían recomendado esta clínica y a sus profesionales, pero gracias a lo arriba aquí escrito me ha quedado bastante claro que debo rehuir de ella.

    • Ágalma Autor

      Gracias por su opinión, Juanfra Vázquez. Nos alegramos enormemente de haber podido ayudarle a aclarar su decisión. Asimismo, agradecemos que se haya tomado la molestia de leernos, especialmente esta entrada dada su extensión.
      Afortunadamente, existen otras clínicas y otras consultas de psiquiatría y psicología clínica acordes a su modelo de pensamiento.
      Le deseamos lo mejor. Un saludo.