¿Es la psiquiatría un discurso disciplinario? Los problemas de la psiquiatría con el amor 6


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He estado este fin de semana en Valladolid compartiendo reflexiones y aprendiendo mucho con mis colegas y amigos de La Otra psiquiatría. Ellos tuvieron la amabilidad de invitarme a hablar sobre el tema del poder en conjunción con la psiquiatría y la psicología.

Deseo compartir con vosotros el pequeño trabajo que elaboré para tal ocasión.

 

Introducción

Buenas tardes. Quiero agradecer de corazón a la Otra psiquiatría y a los organizadores de estas jornadas su amable invitación para compartir con vosotros mis modestas reflexiones. Uno se siente siempre pequeño entre personas tan dedicadas, comprometidas y estudiosas. Por ello para mí es un privilegio participar en estos debates y volver a una ciudad que marcó profundamente mi formación como clínico.

He titulado mi intervención ¿Es la psiquiatría un discurso disciplinario? Los problemas de la psiquiatría con el amor, porque creo que ahí residen dos claves para comprender el título de esta mesa: Poderío e impotencia de la psicología y la psiquiatría. En relación al poderío considero el estatus de disciplina como rasgo principal, la impotencia queda ilustrada en los problemas que la psiquiatría y la psicología actuales tienen con el amor.

Por tanto, adelanto ya la conclusión. Sí, la psiquiatría es un discurso disciplinario. Pero es un discurso disciplinario porque el amor le da problemas. Trataré entonces de argumentar esta conclusión y de explicar la lógica invisible que subyace a esta cuestión.

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I

Cuando hablo de disciplina, tomo este término enteramente en sentido foucaultiano. En su obra Vigilar y castigar, Michel Foucault define las disciplinas por el trabajo que, en nombre de un saber determinado, estas realizan sobre el cuerpo humano y por los efectos que consiguen de dicho cuerpo. Por tanto, el objeto de estudio y el ámbito de aplicación de las disciplinas es el mismo: un cuerpo humano.

Las disciplinas que pone en serie Foucault son la disciplina militar, la enseñanza escolar y la justicia aplicada al ámbito de la prisión. A ellas yo voy a tener el atrevimiento de añadir los discursos de la psiquiatría y de la psicología actuales.

Foucault muestra el método general de trabajo de las disciplinas sobre el cuerpo. Consiste en que estas obligan al cuerpo a realizar una serie de ejercicios repetitivos. Para desarrollar estos ejercicios, las disciplinas se valen de la utilización particular de cierto espacio (cuarteles, aulas, talleres de las prisiones…) y de la división exacta y controlada del tiempo (horarios perfectamente delimitados e inflexibles).

¿Por qué trabajan así las disciplinas? Porque obtienen del cuerpo dos efectos fundamentales. Por un lado, aumentan sus fuerzas, sus capacidades y, por otro lado, utilizan esa fuerza aumentada para acrecentar la sujeción del cuerpo al sistema de poder.

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Cito a Foucault: “[las disciplinas] disocian el poder del cuerpo; de una parte hacen de ese poder una “aptitud”, una “capacidad” que tratan de aumentar, y cambian por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierten en una relación de sujeción estricta […] La coerción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de coacción entre una aptitud aumentada y una dominación acrecentada”.

Es decir, la maravilla de las disciplinas reside en que a la vez que aumentan las fuerzas y capacidades del cuerpo humano, aumentan su obediencia. De esta forma las disciplinas consiguen cuerpos dóciles, cuerpos mejorados a la par que obedientes y amaestrados.

Al igual que ocurre por ejemplo en los cuarteles, donde las técnicas sobre el cuerpo se realizan en un espacio y tiempo propios, la psiquiatría también poseía sus lugares disciplinarios delimitados en los manicomios. Sin embargo, con la llegada de la reforma psiquiátrica y el cierre de estos podría parecer que la psiquiatría se tornara más humana, más comunitaria, menos disciplinaria.

¿Es esto así? Más bien ha ocurrido un efecto paradójico.

Décadas después de la reforma nos encontramos con más dispositivos psiquiátricos que nunca (unidades de hospitalización, de rehabilitación, equipos de salud mental, comunidades terapéuticas, hospitales de día…). Junto a esta multiplicación de espacios donde la disciplina puede ejecutar su trabajo sobre los cuerpos, observamos que las personas consultan cada vez más en salud mental, las listas de espera se prolongan, y las citas de revisión – al menos en el sector público en la provincia de donde vengo – se intercalan en intervalos de un mes para los casos más graves y de siete o más meses para los considerados menos graves. Además, las personas reclaman continuamente guías, no de afrontamiento, sino de resolución inmediata de su sufrimiento. Todo ello favorece una cronificación sistemática de muchas de las personas que hacen uso de los recursos de salud mental.

Tenemos por lo tanto dos factores. Por un lado, la multiplicación de espacios donde, en nombre de un saber (en este caso psiquiátrico y psicológico), se posibilita la aplicación de ciertas técnicas sobre cuerpos humanos. Y, por otro lado, las demandas que las personas dirigen a ese saber psiquiátrico.

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II

Es importante en este punto introducir un pequeño inciso antes de relacionar totalmente la disciplina con la salud mental de la actualidad.

Desde Lacan sabemos que lo que demanda la persona no coincide con lo que en realidad desea. El lenguaje es incapaz de hacer transparente el deseo de forma definitiva. Es por ello que cuando pedimos una cosa y la obtenemos, en realidad nunca es eso exactamente y debemos pedir otra cosa distinta. De esta forma, la demanda, impulsada por el deseo, se convierte siempre en una demanda infinita.

No obstante, el horizonte de esa demanda interminable siempre es el mismo para toda persona: una demanda de amor. Es decir, lo que nuestro deseo en su fondo anhela es que aquel al que dirigimos nuestras peticiones nos responda con un signo de amor.

La esencia del amor es ser siempre una nada. Por tanto, la demanda de amor es la petición de que el otro nos brinde un signo de esa nada. En otras palabras, la demanda de amor pide que el otro nos muestre su incompletud, su falta, y a la vez que nos desee. Es decir, la demanda de amor pide que el otro nos muestre su incompletud y su deseo de que nosotros seamos, siquiera brevemente, capaces y dignos de paliar esa incompletud. Eso es un signo de amor.

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El amor, por tanto, lo entiendo como reconocimiento intersubjetivo, mutuo, ético; como acompañamiento del sufrimiento, el malestar o la locura; como la parcela más libre que se produce en una relación social mínima. Amor que entiendo a la manera de Carl Rogers, como aquello que no impone sino que permite desarrollarse al propio sujeto. Amor que entiendo a la manera freudiana, como aquello que posibilita al sujeto la reescritura de su propia historia. Amor que entiendo, en fin, a la manera de Lacan, como aquello que permite al sujeto construir, entender y modificar su propio saber.

Todas estas concepciones del amor necesitan obligatoriamente que en el otro al que nos dirigimos con nuestra demanda exista un espacio vacío, una falta, una incompletud, ya que si en lugar de nada encontramos algo (una imposición, un objeto o una corrección disciplinaria), veremos vedado nuestro acceso al amor, lo cual impedirá nuestro desarrollo como sujetos libres y deseantes.

Por lo tanto, si la demanda infinita tiene su horizonte en una demanda de amor y su punto de detención en un signo de amor, entonces el objeto o la situación que pedimos a través de las palabras no es lo que en verdad deseamos. Las demandas constantes de objetos o actuaciones pueden estar pidiendo en su fondo simplemente presencia, o nada más que silencio y escucha, o solamente que el otro no actúe, que no haga nada pero que nos acoja con calidez, con humanidad.

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III

La psicología y la psiquiatría dominantes en la actualidad ignoran esta distinción crucial entre demanda y deseo. Al ignorarla, desconocen que la demanda continua que les realizan las personas, perfila en su interior la petición de un signo de amor. Debido a ello es justo que el amor provoca problemas a la psicología y a la psiquiatría. Y es en este punto donde el discurso psiquiátrico y el psicológico se hermanan con la disciplina entendida a la manera foucaultiana.

Al desconocer la distinción entre demanda y deseo, al desconocer que toda demanda pide en su fondo un signo de amor, la psiquiatría y la psicología sustituyen el amor por ejercicios, técnicas o fármacos. Esta sustitución, tan sutil como radical, es la clave de todo lo que estoy exponiendo: la sustitución de amor por técnicas y fármacos convierte a la psicología y a la psiquiatría en discursos disciplinarios que ejercen su poder sobre el cuerpo, para mejorarlo y para amarrarlo, para curarlo y para potenciar su obediencia.

¿Cómo se ha realizado esa sustitución? ¿Por qué el amor ha cedido su lugar a la disciplina en la salud mental tanto en sus dispositivos como en las políticas asociadas a ella? Bueno, por su propia naturaleza, el sistema sanitario de salud mental está obligado a responder. ¿A qué responde? Responde a las demandas que los pacientes, las familias y las asociaciones le plantean. Pero hemos dicho que aunque el sistema dé lo que piden, inmediatamente le piden otra cosa, entonces el sistema de nuevo responde volviendo a dar algo en lugar de dar un signo de amor. Esta es la consecuencia de desconocer la distinción entre demanda y deseo: creer que cuando se pide, hay que responder dando algo.

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Sin embargo, el desconocimiento entre demanda y deseo por parte de la psiquiatría y la psicología tiene su base no en una ignorancia estúpida, sino en un efecto propio de su discurso.

La psicología y la psiquiatría actuales detentan la posición de discursos científicos y, por ello, se definen como dueños de una verdad incuestionable y sin fisuras, es de ahí de donde toman su poder. Por tanto, ¿cómo van a ser capaces la psicología y la psiquiatría de dar un signo de amor? Un signo de amor implica que alguien (sea una persona, sea un discurso) muestre que está incompleto y, precisamente por ello, desea al otro, lo desea para que lo complete. Si los discursos de la psicología y la psiquiatría actuales se fundan en no mostrar su brecha, su fractura, su incompletud – porque perderían su poder –, entonces les resulta imposible por estructura ofrecer un signo de amor.

No obstante, las personas, las familias y las asociaciones en realidad están pidiendo eso, un signo de amor, un signo de reconocimiento, un signo de que el sistema no puede responder a todo. Muestran esta petición de un signo de amor demandando más y más. Cuanto más les da el sistema, más demandan ellos, ya que no encuentran el signo de amor que detenga esa demanda.

En este abismo de demandas infinitas, la psicología y la psiquiatría responden con protocolos y consejos sanitarios como forma de satisfacer estas demandas y, a la vez, como forma de detenerlas. Al responder de esta manera, los discursos de la psiquiatría y de la psicología se han transformado en disciplinarios.

Han sustituido la falta de amor y acompañamiento por una vigilancia cada vez más estricta, fundada en la aplicación de técnicas sobre el cuerpo, las cuales, a la vez que curan y mejoran, vuelven a las personas más obedientes.

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Ejemplos de esto son los incesantes protocolos para niños hiperactivos, para intervención precoz en psicosis, para escuelas para padres, para sobrepeso en la infancia, para trastornos de personalidad en la adolescencia, para el autismo, etc. Protocolos todos ellos basados en tratamientos compuestos de fármacos y de técnicas cognitivo-conductuales que educan el cuerpo y la psique a través de ejercicios, registros e instrucciones.

También es destacable como ejemplo de esta sustitución la sobrecarga de actividades y talleres con las que los dispositivos de rehabilitación o los programas sociales cargan a sus usuarios (psicóticos la mayoría), basados tanto en mantener el cuerpo ocupado como en educarlo.

Esta sustitución de amor por protocolos, técnicas, fármacos y la vigilancia que conllevan ha convertido a la psiquiatría y a la psicología de la actualidad en disciplinas tal y como las concibió Michel Foucault.

La psicología y la psiquiatría ejercen su poder sobre los cuerpos de los que atienden. Utilizan un espacio propio (hospitales, consultas externas, centros de rehabilitación…) que permiten un empleo del tiempo específico y reglado para la aplicación de técnicas (ejercicios terapéuticos repetitivos, fármacos, talleres ocupacionales…), con el fin de modificar ese cuerpo y tratar de obtener de él un supuesto aumento de sus capacidades (curación, mejoría o desarrollo), a la par que aumentan la fijación de dicho cuerpo al sistema (aumentan su dependencia a la salud mental, a su facultativo o a sus fármacos).

Creo que se hace evidente cómo la psicología y la psiquiatría de la actualidad cuadran perfectamente con el esquema de las disciplinas que describió Michel Foucault y que he comentado al principio de mi exposición.

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IV

Resumo para finalizar.

La petición de amor que siempre subyace a cualquier demanda provoca problemas a la psiquiatría y a la psicología como discursos de saber que basan su poder en la defensa de una verdad absoluta y sin grietas. Estos discursos no se pueden permitir mostrar sus brechas porque perderían su poder; por ello, no pueden dar ese signo de amor que se está pidiendo, ya que para que exista el amor es imprescindible la explicitación de una brecha, de un hueco. Pero estos discursos tienen la obligación de responder a todas las demandas, y lo hacen dando protocolos, vigilancia y técnicas.

Así, la psicología y la psiquiatría han sustituido lo que no pueden dar (amor) por lo que sí pueden ofrecer (técnicas sobre el cuerpo en nombre de un saber). Esta sustitución de amor por técnicas sobre el cuerpo en nombre de un saber es lo que convierte a la psicología y a la psiquiatría actuales en disciplinas del biopoder.

He aquí pues de qué forma el poderío atroz que la psiquiatría y la psicología detentan en su quehacer disciplinario no es más que el alarido ensordecedor de la impotencia más brutal, provocada por la petición de amor y la incompletud que este siempre exige.

 

Escrito por Jesús Rodríguez de Tembleque Olalla

Psicólogo clínico del equipo Ágalma


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